PARTE 1 La primera vez que su padre la llamó Marina, Ana pensó que había sido uno más de esos nombres que el Alzheimer sacaba de algún rincón perdido de su memoria. —Marina… ¿ya regresaste? Ana se quedó inmóvil junto a la puerta de la habitación. Leandro, de setenta y cuatro años, estaba sentado frente a la ventana. Miraba hacia el patio con la expresión de quien espera a alguien desde hace mucho tiempo. —Soy Ana, papá. El hombre volteó lentamente. Durante unos segundos pareció reconocerla. —Ana… Ella sonrió y se acercó. —Sí. Soy yo. Pero entonces Leandro levantó una mano y le tocó el rostro. —Te pareces tanto a ella. Ana no preguntó nada. Para entonces había aprendido que intentar ordenar los recuerdos de su padre algunas veces solamente conseguía alterarlo. Pero Marina volvió. Al principio, una vez cada varios días. Después, casi diariamente. —Marina, cierra la puerta. —Marina, ven a comer. —Marina, dile a tu mamá que ya llegué. Ana comenzó a sentir curiosidad. Su madre había muerto seis años antes y jamás le había hablado de ninguna Marina. Tampoco recordaba familiares con ese nombre. Una tarde ocurrió algo diferente. Ana estaba acomodando medicamentos cuando sintió que su padre la observaba. —¿Qué pasa, papá? Leandro tenía los ojos húmedos. —Perdóname, Marina. Ana dejó el vaso sobre la mesa. —¿Por qué? —Prometí que no volvería a dejarte sola. Aquella frase le produjo un escalofrío. —Papá, ¿quién es Marina? Leandro frunció el ceño. Pareció confundirse. Después miró alrededor desesperadamente. —¿Dónde está la niña? —¿Qué niña? —La pequeña. Intentó levantarse. —Estaba contigo. —Papá, tranquilízate. —¡Tenemos que encontrarla! Ana consiguió sentarlo nuevamente, pero durante varios minutos Leandro siguió preguntando por una niña que aparentemente solo existía dentro de su memoria. Dos semanas después, su tía Teresa fue a visitarlos. Ana estaba preparando café cuando escuchó a Leandro desde la sala. —Marina… La taza que Teresa sostenía cayó al piso. El golpe hizo que ambos voltearan. Ana observó a su tía. Había palidecido. —¿Qué pasó? —Nada. Teresa se agachó rápidamente para recoger los pedazos. Ana la ayudó. —Mi papá lleva semanas diciendo ese nombre. Teresa no respondió. —¿Tú conociste a alguna Marina? La mujer tardó demasiado en contestar. —Tu papá está enfermo, Ana. —Eso ya lo sé. —Confunde personas, lugares, épocas… —No te pregunté eso. Te pregunté si conociste a una Marina. Teresa levantó finalmente la mirada. —No busques sentido en todo lo que dice. Y cambió de tema. Aquella reacción hizo exactamente lo contrario de tranquilizarla. Esa noche, Ana sacó los viejos álbumes familiares. Encontró fotografías del matrimonio de sus padres, vacaciones, cumpleaños y reuniones. Después aparecía ella. Ana recién nacida. Ana en brazos de su madre. Ana aprendiendo a caminar. Pero algo no cuadraba. Había un salto. Casi tres años de la historia familiar parecían haber desaparecido. No había cumpleaños. No había Navidad. No había vacaciones. Nada. Cuando las fotografías reaparecían, Ana ya tenía aproximadamente tres años. Su imaginación hizo el resto. ¿Marina había sido amante de su padre? ¿Una mujer anterior a su madre? ¿Una hija que Leandro había tenido con alguien más? Eso explicaría el silencio de Teresa. Tal vez incluso explicaría por qué su madre nunca había pronunciado aquel nombre. Pero entonces llegó la noche del canal. Ana despertó poco después de las dos de la mañana al escuchar la puerta principal. Encontró a Leandro intentando abrirla. Estaba descalzo. —¡Papá! Corrió hacia él. —¿Qué haces? —Tenemos que regresar. —¿A dónde? —Al canal. Ana sintió un vacío en el estómago. Nunca antes había mencionado ningún canal. —Está oscuro. Vamos a acostarnos. —No podemos dejarla ahí. —¿A quién? Leandro comenzó a llorar. No era un llanto fuerte. Era peor. Silencioso. Cansado. —Fue un momento —murmuró—. Nada más un momento. Ana lo abrazó y consiguió llevarlo nuevamente a su habitación. Cuando finalmente se calmó, Leandro tomó su mano. —¿Tu hermana logró sacarte? Ana sintió que algo dentro de ella se detenía. —¿Mi hermana? Pero Leandro ya había cerrado los ojos. Murió cinco semanas después. El funeral fue pequeño. Familiares, algunos vecinos y antiguos amigos. Ana permaneció casi todo el tiempo junto al ataúd, intentando reconciliar al hombre que recordaba con aquel que durante sus últimos meses parecía haber vivido atrapado entre dos épocas. Cuando Teresa se acercó para despedirse, Ana volvió a preguntarle. —Tía. —¿Sí? —¿Quién era Marina? Teresa bajó la mirada. —Hoy no, Ana. Aquellas dos palabras fueron suficientes. Marina había existido. Días después del funeral, un notario se comunicó con ella. Leandro había dejado algunas instrucciones preparadas varios años atrás. Entre sus pertenencias había un pequeño sobre dirigido exclusivamente a Ana. Dentro encontró una llave. Y una nota escrita con la letra firme que su padre todavía tenía antes de que la enfermedad avanzara: “Para cuando yo ya no pueda contarte la verdad.” Ana reconoció inmediatamente la llave. Era de una vieja caja metálica que llevaba décadas guardada en la parte superior del clóset de la habitación de sus padres. Su madre siempre decía que contenía documentos sin importancia. Ana la bajó. La llave encajó. Dentro había documentos, recortes de periódico y varias fotografías envueltas cuidadosamente en una tela. También había ropa infantil. Un pequeño suéter. Un par de zapatos. Y un listón azul. Ana tomó las fotografías. En la primera aparecía una niña de cabello oscuro, de unos nueve años. Sonreía frente a la cámara. En otra estaba sentada junto a Leandro. En otra abrazaba a la madre de Ana. Entonces llegó a la última. Ana sintió que le faltaba el aire. La niña aparecía cargando a una bebé. Reconoció inmediatamente a la pequeña. Era ella. Volteó la fotografía. Había una fecha de hacía treinta y seis años. Y debajo, dos nombres escritos por su madre: Marina y Ana. Ana se sentó en el suelo. Revisó desesperadamente el resto de la caja. Debajo de los documentos encontró una pequeña grabadora y una cinta. Sobre ella había una sola palabra: ANA. Le temblaron las manos al colocarla. Presionó el botón. Durante algunos segundos solamente escuchó estática. Después apareció la voz de su padre. Pero no era la voz frágil de sus últimos meses. Era Leandro lúcido. Sereno. Consciente. —Si estás escuchando esto, probablemente ya olvidé cómo explicar lo que sucedió —dijo—. Quizá también haya olvidado tu nombre. Ana apretó la fotografía contra su pecho. —Marina no fue una amante ni una hija secreta que tuve lejos de ustedes. Marina fue tu hermana. Ana dejó de respirar por un instante. La grabación permaneció en silencio durante unos segundos. Después, Leandro añadió: —Murió cuando tenía nueve años. Su voz se quebró ligeramente. —Y tú, Ana, fuiste la última persona que la vio con vida. Navegación de entradas Mi padre me pidió que jamás abriera esa caja… esperé veinte años para hacerlo 1 2