Durante veintiocho años, Aurelio limpió el piano del vestíbulo sin tocar una sola tecla delante de nadie.

Cada noche pasaba cuidadosamente un paño sobre la madera negra, retiraba las huellas de los huéspedes y comprobaba que no quedara polvo entre las teclas.

Pero nunca se sentaba a tocarlo.

Hasta la madrugada de su jubilación.

Aquella noche, cuando el hotel quedó aparentemente vacío, se quitó los guantes, sacó una partitura amarillenta de su mochila y comenzó a interpretar una melodía que llevaba cuarenta y cuatro años guardada.

Creyó que estaba solo.

Sin embargo, cuando terminó, un hombre apareció junto a las escaleras y le hizo una pregunta que lo dejó sin aliento.

—¿Quién le enseñó esa pieza? Esa música jamás fue publicada.

Aurelio no podía imaginar que aquel desconocido conocía una parte de su pasado que él mismo había intentado olvidar.

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A sus sesenta y siete años, Aurelio conocía el Hotel Imperial mejor que su propia casa.

Había trabajado allí durante veintiocho años, siempre en el turno nocturno, cuando los pasillos se vaciaban y solamente quedaban encendidas las lámparas del vestíbulo.

Sabía qué elevador hacía un ruido extraño antes de detenerse, qué habitación tenía una ventana que no cerraba correctamente y dónde aparecían pequeñas goteras cuando llovía demasiado.

Los empleados lo consideraban un hombre confiable.

Nunca levantaba la voz, rara vez se quejaba y siempre encontraba la manera de resolver los pequeños problemas que otros preferían ignorar.

Su tarea favorita era limpiar el piano de cola que adornaba el vestíbulo principal.

Era un instrumento elegante, de madera negra brillante, situado frente a los enormes ventanales del hotel.

Aurelio lo limpiaba con una delicadeza que llamaba la atención de sus compañeros.

—Don Aurelio, parece que quiere más a ese piano que a nosotros —bromeó una noche Ricardo, uno de los botones.

—Es que el piano nunca me deja basura tirada —respondió Aurelio.

Los muchachos se rieron.

Él también sonrió, pero no explicó nada más.

Nadie sabía que cada vez que se acercaba a aquel instrumento recordaba una vida que había dejado atrás.

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El lunes de su última semana de trabajo, el gerente anunció que Aurelio se jubilaría el viernes.

Sus compañeros decidieron organizar una despedida sencilla en el comedor del personal.

Compraron un pastel, reunieron dinero para regalarle un reloj y colocaron algunos globos junto a su casillero.

Durante la pequeña ceremonia, el gerente le entregó un reconocimiento enmarcado.

—Veintiocho años de puntualidad, compromiso y excelente servicio. Personas como usted han construido la historia de este hotel.

Aurelio agradeció con una sonrisa tímida.

Todos lo felicitaron.

Algunos le preguntaron qué haría con tanto tiempo libre.

—Descansar un poco —respondía.

Pero en realidad no tenía una respuesta.

Había pasado tantos años cumpliendo responsabilidades que ya no recordaba cómo era organizar un día alrededor de sus propios deseos.

Después de la celebración, Julia, una camarera que llevaba varios años trabajando con él, lo ayudó a vaciar su casillero.

Mientras guardaban algunas pertenencias, encontró una fotografía antigua dentro de un sobre.

En ella aparecía un muchacho de cabello oscuro sentado frente a un piano, acompañado por un hombre de traje y expresión seria.

—¿Es usted, don Aurelio?

Él observó la fotografía.

—Sí. Tenía diecinueve años.

—¿Y quién es el señor?

—Tomás Valdivia. Fue mi maestro.

Julia volvió a mirar la imagen.

—¿Usted estudiaba música?

Aurelio permaneció callado unos segundos.

—Estudiaba piano en el conservatorio.

—¿En serio? ¿Y por qué lo dejó?

El hombre guardó silencio.

Después se sentó en una banca.

—Porque hubo un tiempo en que mi familia necesitaba más un trabajador que un pianista.

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Aurelio había ingresado al conservatorio a los diecinueve años gracias a una beca.

Su familia tenía pocos recursos, pero desde niño había demostrado una facilidad extraordinaria para la música.

Aprendió sus primeras notas en el viejo piano de una iglesia.

Después comenzó a recibir clases particulares de Tomás Valdivia, un profesor exigente que había formado a varios músicos reconocidos.

Valdivia rara vez elogiaba a sus alumnos.

Sin embargo, después de escuchar a Aurelio durante una audición, le dijo algo que nunca olvidaría.

—Tienes una cualidad que no se aprende en ningún conservatorio.

—¿Cuál, maestro?

—Sabes escuchar la música antes de intentar dominarla.

Durante cuatro años, Aurelio estudió con una disciplina admirable.

Soñaba con tocar en grandes teatros, viajar y dedicar su vida a la interpretación musical.

Pero cuando tenía veintitrés años, su padre murió inesperadamente.

Cuatro meses después falleció su madre.

Aurelio quedó a cargo de sus tres hermanos menores.

El más pequeño apenas tenía nueve años.

No hubo tiempo para pensar en conciertos ni en estudios.

Consiguió trabajo descargando mercancía durante el día y limpiando oficinas por la noche.

Abandonó el conservatorio y comenzó a pagar la alimentación, los uniformes y los gastos escolares de sus hermanos.

Al principio pensó que regresaría en unos meses.

Después se prometió hacerlo cuando sus hermanos terminaran la escuela.

Más adelante, cuando consiguieran trabajo.

Pero los años pasaron.

Sus hermanos crecieron, formaron familias y construyeron sus propias vidas.

Aurelio también se casó, tuvo hijos y asumió nuevas responsabilidades.

Siempre encontraba una razón para posponer su regreso a la música.

Hasta que dejó de hablar del tema.

—¿Nunca volvió a buscar a su maestro? —preguntó Julia.

Aurelio negó con la cabeza.

—Me daba vergüenza.

—¿Vergüenza de qué?

—De haber abandonado todo lo que él me enseñó. Pensé que lo había decepcionado.

Entonces abrió el sobre y sacó una partitura manuscrita.

Las hojas estaban amarillentas y tenían pequeñas marcas de humedad.

En la portada aparecía una dedicatoria escrita con tinta azul.

“Para cuando vuelvas”.

—Me la entregó en nuestra última clase —explicó—. Me dijo que había compuesto algo para mí.

Julia observó las hojas con curiosidad.

—¿Y todavía sabe tocarla?

—Recuerdo algunas partes.

—Debería tocarla durante su despedida.

Aurelio sonrió con tristeza.

—No, hija. Estas ya son manos de trabajador, no de pianista.

Julia miró sus dedos ásperos y las pequeñas cicatrices que habían dejado tantos años de trabajo.

No insistió.

Pero algo en aquella respuesta le produjo una tristeza difícil de explicar.

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Esa misma noche, una tormenta intensa provocó retrasos en varios vuelos.

El hotel recibió a numerosos pasajeros que necesitaban pasar la madrugada en la ciudad.

Entre ellos estaba Adrián Salcedo, un pianista reconocido de cuarenta y cinco años que ofrecería un concierto al día siguiente.

Aurelio apenas reparó en su llegada.

Para él era otro huésped cansado que buscaba descansar después de un viaje complicado.

Cerca de las dos de la mañana, el vestíbulo finalmente quedó en silencio.

La lluvia golpeaba los ventanales y las lámparas iluminaban suavemente el piso de mármol.

Aurelio terminó de limpiar los muebles.

Después se acercó al piano.

Era la última vez que tendría que hacerlo.

Pasó lentamente el paño sobre la madera negra.

Retiró una pequeña mancha junto al atril y abrió la tapa del teclado.

Durante varios segundos permaneció contemplando las teclas.

Pensó en el muchacho que había sido.

En su padre, que alguna vez le prometió comprarle un piano.

En su madre, que lo escuchaba practicar mientras preparaba la cena.

En sus hermanos pequeños, que dependían de él.

Y en aquel maestro que había creído en su talento.

Sacó la partitura de su mochila.

La colocó sobre el atril.

Después se quitó los guantes y se sentó.

Sus manos temblaban.

Presionó la primera tecla.

El sonido resonó en el vestíbulo vacío.

Después vino una segunda nota.

Y una tercera.

Al principio sus movimientos fueron inseguros.

Se equivocó en un acorde y tuvo que detenerse unos segundos.

Pero continuó.

Poco a poco, sus dedos comenzaron a recordar caminos que parecían olvidados.

La melodía era melancólica, aunque en algunos momentos surgían pasajes luminosos que parecían abrirse paso entre la tristeza.

Aurelio cerró los ojos.

Por unos minutos dejó de pensar en el tiempo perdido.

No tocaba para impresionar a nadie.

Tampoco para demostrar que todavía tenía talento.

Tocaba para despedirse del joven que alguna vez creyó que viviría de la música.

Cuando llegó al último compás, sostuvo la nota final hasta que desapareció por completo.

Permaneció inmóvil.

Tenía los ojos húmedos.

Entonces escuchó un aplauso solitario.

Se volvió sobresaltado.

Un hombre elegante permanecía de pie junto a las escaleras.

Era Adrián Salcedo.

—Disculpe —dijo Aurelio mientras cerraba apresuradamente el piano—. Sé que los empleados no tenemos permitido utilizarlo.

Adrián no respondió. Se acercó, tomó la partitura y examinó las anotaciones escritas a mano.

—¿De dónde sacó esto?

—Me la regaló mi maestro hace muchos años.

—¿Cómo se llamaba?

Aurelio dudó antes de responder:

—Tomás Valdivia.

El pianista levantó la mirada, visiblemente alterado.

—Valdivia también fue mi maestro. Pasó sus últimos años buscando a un alumno que abandonó el conservatorio sin despedirse.

Aurelio observó la dedicatoria: “Para cuando vuelvas”.

—Yo fui ese alumno.

Adrián colocó la partitura sobre el piano.

—Entonces debe saber algo. Esta pieza nunca fue publicada porque el maestro decía que no le pertenecía.

—¿A quién le pertenecía?

El pianista señaló el nombre escrito debajo del título, casi borrado por el tiempo.—A usted, Aurelio. Él la compuso para que fuera usted quien la estrenara.