PARTE 1

Mi hermana llegó a la cena familiar tomada de la mano de un hombre al que ninguno de nosotros conocía.

—Familia, él es Tomás.

Mi madre sonrió.

Yo me levanté para saludarlo.

Pero mi padre dejó caer el tenedor.

El golpe contra el plato hizo que todos volteáramos.

Tomás también.

Durante unos segundos, los dos se quedaron mirando.

No fue la mirada normal de dos personas que acaban de conocerse.

Mi padre estaba pálido.

Tomás tampoco parecía cómodo.

—¿Ustedes se conocen? —preguntó mi hermana.

Mi padre reaccionó demasiado rápido.

—No.

Tomás tardó un poco más.

—No… creo que no.

Ahí comenzó todo.

Me llamo Natalia, tengo 36 años y mi familia siempre ha sido bastante normal.

O eso creía.

Mis padres llevan casados treinta y nueve años.

Mi hermana menor, Laura, tiene 31.

Yo estoy casada y tengo mi propia casa, pero prácticamente todos los domingos nos reunimos a comer con mis padres.

Es una tradición.

Ese domingo era especial porque Laura llevaba semanas diciendo que quería presentarnos a alguien.

Tomás.

Tenía 35 años, trabajaba como arquitecto y, según mi hermana, llevaban casi seis meses saliendo.

Parecía buen tipo.

Educado.

Tranquilo.

Hasta llevó una botella de vino para mi padre.

Pero desde que entró a la casa, mi papá comenzó a comportarse extraño.

Casi no hablaba.

No hacía bromas.

Y cada cierto tiempo observaba a Tomás.

Lo curioso era que Tomás hacía exactamente lo mismo.

Hasta que ocurrió algo todavía más raro.

Mi madre sacó un viejo álbum de fotografías.

Siempre hace eso cuando llega alguien nuevo a la familia.

—Para que conozcas la historia de estas dos —dijo señalándonos a Laura y a mí.

Comenzamos a pasar las páginas.

Fotos de cumpleaños.

Vacaciones.

Navidades.

Mi graduación.

La primera comunión de Laura.

Todo iba normal hasta que llegamos a unas fotografías de cuando mis padres eran jóvenes.

Entonces Tomás se quedó inmóvil.

Había una foto de mi padre con unos veinte años.

Estaba frente a un automóvil rojo junto a otros tres muchachos.

Tomás tomó el álbum.

—¿Dónde fue esto?

Mi padre levantó la mirada.

—En San Luis.

—¿San Luis Potosí?

—Sí.

Tomás siguió mirando la fotografía.

—¿Viviste allá?

—Un tiempo.

Mi hermana sonrió.

—Papá nunca cuenta nada de esa época.

Mi madre intervino.

—Porque no hay mucho que contar.

Y cerró el álbum.

Así.

De golpe.

El ambiente cambió.

Tomás pidió permiso para ir al baño.

Mi padre se levantó unos segundos después.

—Voy por hielo.

Yo los observé.

Algo estaba pasando.

Fui a la cocina.

Mi padre estaba ahí, pero no estaba buscando hielo.

Estaba parado junto a la ventana.

Nervioso.

—¿Qué tienes?

—Nada.

—Papá, casi rompes el plato cuando viste a Tomás.

—Se me resbaló el tenedor.

—¿Lo conoces?

Me miró.

—Ya dije que no.

Entonces escuchamos pasos.

Tomás apareció en la puerta.

Nos miró a los dos.

—Perdón… estaba buscando el baño.

Era mentira.

El baño estaba del otro lado.

Mi padre salió de la cocina sin decir nada.

Antes de regresar al comedor, Tomás me preguntó:

—¿Tu papá se llama Roberto Salgado?

Sentí algo raro.

—Sí.

—¿Siempre se ha apellidado así?

La pregunta me desconcertó.

—Pues… sí.

Tomás sonrió.

—Perdón. Pregunta tonta.

Pero ya no pude disfrutar la cena.

Cuando se fueron, mi padre desapareció en su habitación.

Mi madre comenzó a levantar los platos.

Me acerqué.

—Mamá.

—¿Qué?

—Papá conoce a Tomás.

Dejó de lavar.

Solo durante un segundo.

Después siguió.

—Tu padre conoce a mucha gente.

—Tomás le preguntó si siempre se había apellidado Salgado.

Mi madre volvió a detenerse.

Esta vez cerró la llave.

—Natalia, no te metas.

Aquello me sorprendió.

—¿En qué?

—En cosas que no te corresponden.

—¿Qué cosas?

Mi madre tomó los platos y salió de la cocina.

No respondió.

Dos días después, Laura me llamó.

Estaba llorando.

—Natalia, Tomás terminó conmigo.

—¿Qué?

—Dice que no puede seguir.

—¿Por qué?

—No me quiere decir.

Intenté tranquilizarla.

Pero entonces dijo algo que me dejó fría.

—Ayer estuvo con papá.

—¿Cómo sabes?

—Vi su coche afuera de la casa.

Llamé inmediatamente a mi padre.

No respondió.

Fui a verlo esa misma tarde.

Mi madre estaba sola.

—¿Dónde está papá?

—Salió.

—¿Con Tomás?

Su expresión cambió.

—¿Quién te dijo eso?

—Laura.

Mi madre se sentó.

Parecía cansada.

Mucho más vieja de lo que la recordaba dos días antes.

—Natalia, hay cosas que una familia guarda porque decirlas solamente destruye.

—¿Qué está pasando?

—Pregúntale a tu padre.

Eso hice.

Lo esperé casi una hora.

Cuando llegó, entró y me encontró sentada en la sala.

—Necesitamos hablar.

Mi padre cerró la puerta.

—No.

—Tomás terminó con Laura después de hablar contigo.

—Es lo mejor.

Me levanté.

—¿Por qué?

No respondió.

—¿Quién es Tomás?

Mi padre se pasó las manos por la cara.

Por primera vez en mi vida lo vi asustado.

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué?

Me miró.

—Porque tu hermana no podría soportarlo.

Aquella noche hice algo de lo que después me arrepentiría.

Entré al estudio de mi padre mientras él dormía.

Busqué durante casi una hora.

No encontré nada.

Hasta que abrí el último cajón de un viejo archivero.

Había una carpeta.

Dentro encontré recibos de depósitos bancarios.

Uno cada mes.

Durante más de veinte años.

Todos enviados a la misma mujer.

Patricia Ortega.

Pero había algo todavía más extraño.

Una fotografía.

Mi padre aparecía mucho más joven junto a una mujer embarazada.

En la parte de atrás alguien había escrito:

San Luis Potosí, 1990.

Saqué mi teléfono y tomé una foto.

Entonces escuché la voz de mi padre detrás de mí.

—Te dije que no buscaras.

Me volteé.

Estaba parado en la puerta.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Levanté la fotografía.

—¿Quién es ella?

Mi padre cerró los ojos.

—La madre de Tomás.

Sentí que el estómago se me hundía.

Miré otra vez la foto.

La mujer embarazada.

Mi padre abrazándola.

Tomás tenía 35 años.

Las cuentas encajaban demasiado bien.

—Papá…

Él no respondió.

—¿Tomás es tu hijo?

Mi padre comenzó a llorar.

Y entonces entendí por qué había obligado a Tomás a terminar con Laura.

Pero todavía me faltaba descubrir algo.

Porque cuando enfrenté a mi madre al día siguiente, ella me dijo una frase que convirtió aquel secreto en algo muchísimo peor.

—Tomás no es el verdadero problema, Natalia.

La miré sin entender.

Mi madre respiró profundamente.

—Pregúntale a tu padre por qué tú naciste en San Luis Potosí.