PARTE 2 —Me pidió que no tirara la carpeta. Miré a la mujer sin entender. —¿Eso fue todo? —No. Abrió nuevamente el archivero. —También me pidió que cada año agregara un viaje. Sacó varios papeles más recientes. Praga. Estambul. Edimburgo. Budapest. —¿Pero para quién? —Para Carmen. Me quedé mirándola. —No entiendo. La mujer sonrió con tristeza. —Antonio viene cada año, cerca de su aniversario. Se sienta conmigo, elegimos un lugar al que a Carmen le habría gustado ir y preparamos el viaje como si fueran a hacerlo. —¿Aunque sabe que nunca van a ir? —Precisamente por eso. No supe qué decir. La mujer pasó algunas hojas. En varias había anotaciones hechas con pluma. “A Carmen le gustaría este hotel.” “Demasiadas escaleras.” “Buscar habitación con balcón.” “Aquí querría quedarse una semana.” Sentí un nudo en la garganta. —¿Por qué hace eso? La mujer cerró la carpeta. —Una vez se lo pregunté. —¿Y qué dijo? —Que durante años tuvo a Carmen y no tuvo tiempo. Ahora tiene todo el tiempo del mundo y ya no tiene a Carmen. Miré hacia la plaza. La banca seguía vacía. De repente entendí que Antonio no regresaba ahí porque le gustara aquella plaza. Regresaba porque desde esa banca podía ver el escaparate de la agencia. Durante años él y Carmen se habían sentado en el mismo lugar imaginando viajes que siempre harían después. Y ahora Antonio seguía viajando con ella de la única manera que podía. Sobre papel. ⸻ Salí de la agencia sin saber exactamente qué sentir. Madrid estaba igual que una hora antes. Los coches seguían pasando. Un hombre descargaba cajas de una camioneta. Dos adolescentes se tomaban fotografías. Una señora discutía por teléfono. El mundo no había cambiado. Pero algo dentro de mí sí se había movido. Me senté en la banca donde había estado Antonio la noche anterior. Desde ahí podía ver perfectamente las fotografías del escaparate. Roma. París. Lisboa. Pensé en todas las veces que Antonio y Carmen debieron sentarse ahí. —El próximo año. Quizá uno de ellos decía eso. Y el otro asentía. El próximo año. Saqué el teléfono. Tenía mensajes del trabajo. Notificaciones. Un grupo de amigos donde nadie escribía desde hacía semanas. Los ignoré. Busqué un contacto. Mamá. Presioné llamar. Contestó después de varios tonos. —¿Bueno? —Ma. —¿Qué pasó? ¿Todo bien? —Sí. —¿Dónde estás? Miré la plaza. —En Madrid. —Ah, mira nomás al viajero. Me reí. Hablamos durante varios minutos. Me preguntó si estaba comiendo bien, si hacía mucho frío y si no estaba gastando demasiado. Las preguntas de siempre. Antes de colgar me dijo: —A ver cuándo vienes cuando regreses. Automáticamente estuve a punto de responder: —Uno de estos días. Las palabras casi salieron solas. Me detuve. Abrí el calendario. —Llego el miércoles. —Sí. —El sábado voy. —¿Este sábado? —El siguiente. Después de que regrese. Mi madre se quedó callada. —¿Vas a estar? Se rio. —Pues aquí vivo. También me reí. —Entonces ese sábado. —Aquí te espero. Colgué. No había ocurrido nada extraordinario. Solamente había puesto una fecha. Pero me sorprendió descubrir lo diferente que se sentía decir: “El sábado.” En lugar de: “Algún día.” ⸻ Abrí después el grupo de mis amigos. Llevábamos meses diciendo que teníamos que reunirnos. Escribí: “Cuando vuelva nos juntamos. Viernes 8. Ya puse fecha porque si no nunca hacemos nada.” La primera respuesta llegó inmediatamente. “Milagro, cabrón.” Después otra. “¿Quién eres y qué hiciste con él?” Me reí solo en aquella banca. Guardé el teléfono. Por primera vez entendí que quizá muchas cosas que llamamos falta de tiempo son simplemente cosas a las que nunca les ponemos fecha. ⸻ Los siguientes días de mi viaje fueron diferentes. No porque hubiera desaparecido la soledad. Seguía estando solo. Pero dejé de pelearme con ella. Me perdí varias veces. Comí cosas que no sabía pronunciar. Entré a una iglesia simplemente porque estaba abierta. Me senté casi cuarenta minutos frente a un cuadro cuyo autor ni siquiera conocía. Otro día tomé un tren sin haber planeado demasiado qué haría cuando llegara. Dejé incluso de fotografiarlo todo. Algunas cosas simplemente las miraba. Por primera vez en años estaba aprendiendo algo que parecía ridículamente sencillo: Estar donde estaba. ⸻ La última noche regresé a la plaza. Quería despedirme de Antonio. No estaba. Esperé casi media hora. Nada. La agencia estaba a punto de cerrar. La mujer me reconoció desde adentro y levantó la mano. Me acerqué. —¿Hoy no vino Antonio? Negó con la cabeza. —No viene todos los días. Sentí cierta decepción. —Quería darle las gracias. La mujer sonrió. —Ya se las darás si vuelves. Miré la banca. Entonces pensé que probablemente no volvería a ver a aquel hombre nunca más. Un desconocido con quien había hablado menos de una hora. Y, sin embargo, había conversaciones con personas que conocía desde hacía veinte años que no recordaba tan claramente como aquella. Antes de irme miré nuevamente el escaparate. —¿Cuál era el viaje que más quería hacer Carmen? La mujer ni siquiera tuvo que pensarlo. —Roma. —¿Nunca fueron? —Nunca. Asentí. Me despedí y regresé caminando al hotel. ⸻ Volví a mi país unos días después. La vida me estaba esperando exactamente donde la había dejado. Correos. Trabajo. Tráfico. Pagos. Problemas. Durante las primeras semanas pensé varias veces que aquella sensación que había tenido en Madrid desaparecería. Y en parte ocurrió. Volví a tener prisa. Volví a decir “luego”. Volví a cancelar algunas cosas. No regresé convertido en otra persona. Pero hubo pequeñas diferencias. El sábado fui a visitar a mi madre. El viernes siguiente me reuní con mis amigos. No hicimos nada extraordinario. Comimos. Tomamos algo. Nos reímos de las mismas estupideces de siempre. Uno de ellos dijo: —No podemos dejar pasar otros seis meses. Y por primera vez alguien sacó el teléfono y puso fecha. ⸻ También retomé aquel proyecto que llevaba años diciendo que algún día haría. No salió perfecto. De hecho, durante los primeros meses fue un desastre. Tuve problemas. Me equivoqué. Perdí dinero en algunas cosas. Hubo días en los que pensé abandonarlo. Pero al menos ahora existía. Ya no era una idea perfecta viviendo cómodamente dentro de mi cabeza. Tenía nombre. Archivos. Errores. Problemas reales. Y eso, curiosamente, me hacía feliz. ⸻ Pasaron varios meses. Una noche estaba buscando una fotografía en mi teléfono cuando apareció una imagen de Madrid. No era el Palacio Real. Ni una calle famosa. Ni ninguno de los lugares que había ido a conocer. Era una fotografía borrosa de una plaza casi vacía. La había tomado aquella última noche. Al fondo apenas podía verse una banca. Me quedé observándola. Recordé a Antonio. Su bastón. Su forma de hablar. Y aquella frase: “Si esperas a que todo esté en su sitio para hacer las cosas, se te pasa la vida ordenando.” Después recordé la carpeta. Roma. Atenas. Lisboa. París. Y todas aquellas hojas que representaban viajes que estuvieron a punto de suceder. Cerré la fotografía. En la computadora tenía varias pestañas abiertas. Una de ellas era una página de vuelos. Llevaba días mirando un destino. Haciendo cuentas. Comparando fechas. Pensando si realmente debía gastar ese dinero. La vieja sensación regresó. Quizá debería esperar. Había algunas cosas que resolver. Un gasto inesperado. Trabajo. Responsabilidades. Podía ir el próximo año. Incluso estuve a punto de cerrar la página. Entonces recordé algo. Volví al teléfono. Busqué entre las fotografías del viaje hasta encontrar una que había tomado frente a la agencia. Amplié la imagen. Detrás del reflejo del escaparate apenas podía distinguirse una de las fotografías que anunciaban destinos. Una ciudad. Me quedé mirándola. Después regresé a la computadora. Cambié el destino de búsqueda. Escribí: Roma. Elegí una fecha. Revisé el precio. Respiré profundamente. Y durante unos segundos volví a ser aquel hombre sentado frente a una computadora años atrás, esperando encontrar el momento perfecto para empezar a vivir las cosas que quería vivir. El cursor quedó encima del botón. Comprar. Esta vez no tardé media hora. Hice clic. Cuando apareció la confirmación, sonreí. Después abrí el calendario. El sábado tenía escrito: “Comer con mamá.” El viernes siguiente: “Amigos.” Y varios meses más adelante apareció una nueva fecha. Roma. Me quedé mirando esa palabra. Pensé en dos personas a las que nunca conocí juntas, sentadas frente a una agencia de viajes diciendo que algún día estarían ahí. Cerré la computadora. Mi vida seguía sin estar arreglada. Y por primera vez eso no me pareció una razón suficiente para esperar. Navegación de entradas El dibujo de su hijo la hizo tomar la decisión que cambió sus vidas 24 años de silencio 1 2