Parte 2

Elena permaneció inmóvil.

Miró el acta matrimonial sobre la mesa.

Ahí estaban sus nombres.

Elena Martínez.

Julián Salvatierra.

Y la fecha de una boda ocurrida dieciséis años atrás.

—¿Desde cuándo sabes quién soy? —preguntó finalmente.

—Desde hace tres semanas.

Camila tomó asiento.

Ya no parecía aquella novia emocionada que había llegado desesperada con un vestido arruinado.

—Empecé a sospechar cuando comenzamos los trámites para casarnos por el civil —explicó—. Cada vez que le pedían ciertos documentos, Andrés encontraba una excusa.

Primero dijo que había perdido algunos papeles.

Después que necesitaba solicitarlos en otra ciudad.

Luego intentó convencerla de posponer la boda civil y celebrar únicamente la ceremonia y la fiesta.

Camila comenzó a investigar.

Una fotografía antigua le permitió identificar la placa del automóvil que utilizaba.

Después encontró información relacionada con su verdadero nombre.

Julián.

No Andrés.

Y finalmente apareció Elena.

—Cuando encontré tu nombre pensé que quizá tú sabías de mí —dijo Camila.

—¿Que yo sabía?

—No sabía qué pensar. Este hombre llevaba año y medio mintiéndome. ¿Cómo podía saber quién más estaba involucrado?

Por eso no llamó a Elena.

No le escribió.

Buscó otra manera.

Encontró su taller.

Y llevó deliberadamente el vestido hasta allí.

—Necesitaba verte cuando vieras su fotografía.

Elena recordó aquel instante.

—Entonces estabas observándome.

—Sí.

—¿Y lo de tu vestido?

—Eso sí fue real. La otra costurera verdaderamente lo había arruinado.

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación, ambas soltaron una pequeña risa nerviosa.

Duró apenas unos segundos.

Después comenzaron a comparar teléfonos.

Mensajes.

Fotografías.

Fechas.

El patrón apareció rápidamente.

Cuando Julián decía a Elena que estaba trabajando, muchas veces estaba con Camila.

Pero también había mentido a Camila para regresar con Elena.

Lo más perturbador eran las historias.

A ambas les había dicho prácticamente las mismas cosas.

“Todo este esfuerzo es para construir nuestro futuro.”

“Cuando termine esta etapa voy a viajar menos.”

“Quiero una vida tranquila contigo.”

Incluso había llevado a Camila a algunos de los mismos restaurantes donde años antes celebraba aniversarios con Elena.

—Hay algo más —dijo Camila.

Sacó varios comprobantes.

—Le presté dinero.

Elena levantó la mirada.

No era una cantidad pequeña.

Julián había convencido a Camila de invertir en un supuesto negocio que abrirían después de casarse.

Entonces Elena recordó algo.

Unos documentos.

—Hace dos semanas me pidió unas firmas.

Corrió hasta un pequeño archivero.

Julián le había dicho que eran necesarias para renovar el automóvil y reorganizar algunas obligaciones financieras.

Camila fotografió los documentos y los enviaron a una abogada.

La respuesta llegó al día siguiente.

Julián pretendía utilizar bienes vinculados al matrimonio como respaldo para conseguir financiamiento.

El engaño ya no era solamente sentimental.

—Voy a cancelar todo —dijo Camila.

—No.

Camila la miró sorprendida.

—¿Cómo que no?

Elena permaneció en silencio unos segundos.

—Si cancelas hoy, inventará una historia.

—¿Qué quieres hacer?

Elena miró el vestido extendido sobre la mesa.

Había pasado días reparándolo.

Puntada por puntada.

—Terminarlo.

Camila no entendió.

—¿Para qué?

—Para que la boda siga.

Durante los siguientes días, Camila continuó enviando invitaciones, confirmando proveedores y hablando con Julián como si nada hubiera ocurrido.

Elena también fingió.

Cuando Julián regresó a casa, ella incluso le preguntó cómo había salido su viaje.

—Pesadísimo —respondió él mientras dejaba la maleta—. Pero salió una venta buena.

Elena lo observó.

Por primera vez en dieciséis años podía verlo mentir sabiendo exactamente qué había detrás.

Y descubrió algo extraño.

Ya no necesitaba atraparlo.

Ya estaba atrapado.

La abogada les ayudó a organizar transferencias, mensajes, fotografías y documentos.

Llegó el día de la boda.

Julián salió de casa temprano.

Le dijo a Elena que debía viajar nuevamente por trabajo.

—Regreso pasado mañana.

Incluso la besó en la frente antes de marcharse.

Horas después apareció en el lugar de la ceremonia.

Traje oscuro.

Cabello perfectamente acomodado.

Sonrisa nerviosa.

Familiares e invitados esperaban.

Pero Camila no aparecía.

Pasaron cinco minutos.

Después diez.

Finalmente las puertas se abrieron.

Julián sonrió.

La sonrisa desapareció inmediatamente.

Camila entró.

Pero no llevaba puesto el vestido de novia.

Vestía ropa normal.

Caminaba lentamente hacia él.

Y unos pasos detrás apareció otra mujer.

Elena.

Cargando entre sus brazos el vestido perfectamente terminado.

Julián quedó inmóvil.

—Elena…

Los murmullos comenzaron.

Camila llegó frente a él.

—¿Qué pasa, Andrés?

Silencio.

—Perdón —continuó—. Aquí todos te conocen como Andrés, ¿verdad?

Sacó una carpeta.

—Tal vez deberíamos empezar por tu verdadero nombre.

Frente a ambas familias explicó lo ocurrido.

Mostró fotografías.

Mensajes.

Fechas.

Documentos.

Elena no dijo prácticamente nada.

Cuando Camila terminó, Elena caminó hasta una mesa cercana.

Se quitó el anillo que había llevado durante dieciséis años.

Lo dejó sobre la mesa.

Camila hizo lo mismo con su anillo de compromiso.

Dos anillos.

Uno junto al otro.

Julián comenzó a hablar.

Primero dijo que podían explicarlo.

Después aseguró que las cosas no eran como parecían.

Finalmente hizo lo que ambas esperaban.

Intentó culparlas.

—Ustedes no entienden…

Ninguna respondió.

Camila se dirigió a los invitados.

—No habrá boda.

Después miró a Julián.

—Y el dinero que obtuviste de mí mediante engaños lo resolveremos por la vía legal.

Julián volteó hacia Elena.

—Déjame explicarte.

Elena sostuvo su mirada.

Durante días había imaginado aquel momento.

Pensó que gritaría.

Que preguntaría por qué.

Que exigiría saber cuándo había dejado de quererla.

Pero en ese instante comprendió algo.

No existía una explicación capaz de devolverle dieciséis años.

Tomó el vestido.

Y se marchó.

Meses después, una tarde, la puerta del taller volvió a abrirse.

Era Camila.

—Vengo por el vestido.

Elena sonrió.

—Pensé que nunca querrías volver a verlo.

—Yo también.

Camila colocó la enorme funda blanca sobre la mesa.

No se habían convertido en mejores amigas.

Pero mantenían contacto.

Había abogados, documentos y problemas que todavía estaban resolviendo.

Camila acarició lentamente la tela.

—Quiero pedirte algo raro.

—Después de todo esto, difícilmente vas a sorprenderme.

Camila sonrió.

—No quiero venderlo.

—¿Entonces?

—Quiero que hagas varios vestidos pequeños.

Elena frunció el ceño.

—¿Vestidos para niñas?

—Sí.

—¿Para quién?

—Para quien los necesite. Los donamos.

Elena observó durante unos segundos aquel vestido.

Durante meses había representado una traición.

Una boda que nunca ocurrió.

Una mentira cuidadosamente construida.

Pero quizá no tenía por qué terminar así.

Tomó sus tijeras.

Extendió la tela sobre la mesa.

Y realizó el primer corte.

Esta vez, ninguna de las dos sintió que algo se estaba destruyendo.

Por primera vez desde que todo comenzó, estaban convirtiendo aquella historia en algo nuevo.