PARTE 1 Lucía llevaba casi tres horas escaneando fotografías cuando encontró la primera. La escuela primaria de su hija cumplía más de cincuenta años y la dirección había decidido digitalizar todo su archivo histórico antes de que la humedad terminara por destruirlo. Como Lucía era fotógrafa y conocía bien el proceso de restauración digital, aceptó encargarse del trabajo. Parecía sencillo. Cajas llenas de festivales, graduaciones, ceremonias y fotografías de grupos escolares. Hasta que abrió una carpeta marcada con el año 1984. Era la fotografía de un grupo de tercero de primaria. Treinta niños posaban frente al edificio antiguo de la escuela. Algunos sonreían; otros miraban hacia cualquier parte menos a la cámara. Lucía estuvo a punto de pasar a la siguiente cuando vio a una niña al fondo. Tendría unos nueve años. Cabello oscuro hasta los hombros. Uniforme impecable. Y un listón amarillo sujetándole el cabello. Había algo extraño en ella. Mientras todos los demás niños sonreían, la pequeña permanecía completamente seria. Mirando directamente a la cámara. Lucía volteó la fotografía. Alguien había escrito los nombres de los alumnos con tinta azul. Casi al final aparecía uno que llamó su atención: Valeria. No le dio demasiada importancia. Escaneó la imagen y continuó trabajando. Dos horas después abrió otra caja. 1997. Lista Lucía acomodó una fotografía sobre el escáner y se quedó inmóvil. —No puede ser… En la última fila estaba la misma niña. El mismo cabello. El mismo rostro. El mismo listón amarillo. Incluso parecía llevar el mismo uniforme. Lucía colocó ambas fotografías una junto a la otra. Trece años de diferencia. La niña no había envejecido un solo día. Su primera explicación fue sencilla: probablemente eran familiares. Tal vez madre e hija. O hermanas con un parecido extraordinario. Hasta que encontró la fotografía de 2011. Ahí estaba otra vez. Al fondo. Nueve años. Listón amarillo. Mirando directamente a la cámara. Lucía sintió un escalofrío. Buscó fotografías más recientes. Nada. Comenzó a pensar que se estaba obsesionando cuando abrió la carpeta del ciclo escolar 2026. Encontró una fotografía tomada durante una ceremonia meses atrás. Y tuvo que acercarla a la luz. La niña estaba detrás de un árbol. Solo se veía parte de su cuerpo. Pero era ella. El listón amarillo sobresalía entre su cabello oscuro. Lucía dejó la fotografía sobre la mesa. Habían pasado 42 años desde la primera imagen. La niña seguía teniendo nueve. ⸻ Al día siguiente pidió acceso a los registros escolares. Buscó el nombre Valeria en 1984. Nada. Probó con 1997. Nada. Nada. Preguntó incluso por los registros actuales. No existía ninguna Valeria que coincidiera con aquella niña. Mientras revisaba cajas en la biblioteca, una voz detrás de ella la sobresaltó. —¿Qué estás buscando? Era la maestra Marta, una profesora jubilada que colaboraba algunas mañanas con la escuela. Lucía dudó, pero finalmente le mostró las fotografías. La mujer observó la primera. Después la segunda. Cuando vio la tercera, su expresión cambió. —¿Reconoce a esta niña? Marta no respondió. Lucía señaló el listón. —Siempre aparece igual. La anciana cerró lentamente la carpeta. —Deberías dejar esas fotografías donde estaban. —¿Por qué? —Hay cosas de esta escuela que es mejor no revolver. —¿Quién es Valeria? Marta levantó la mirada. Por un instante pareció aterrada. —Guarda las fotos, Lucía. Y se marchó. Aquella tarde Lucía continuó trabajando sola. A las seis, la escuela estaba prácticamente vacía. Entonces escuchó algo. Una nota de piano. Se quedó quieta. Después otra. Y otra. Una melodía lenta comenzó a escucharse desde el corredor. Lucía salió de la biblioteca. El sonido provenía del ala antigua. Caminó siguiendo las notas hasta detenerse frente a una puerta cubierta de polvo. SALÓN DE MÚSICA. Sabía que aquel lugar llevaba cerrado desde antes de que Emma entrara a la escuela. Acercó el oído. La melodía se detuvo. Lucía tocó la manija. Cerrada. Entonces escuchó algo al otro lado. Tres golpes. Toc. Toc. Toc. Lucía retrocedió. Agarró sus cosas y salió de la escuela. ⸻ Esa noche, mientras cenaban, Emma comenzó a contarle sobre una niña nueva. —Se llama Valeria. Lucía dejó el tenedor. —¿Cómo dijiste? —Valeria. —¿De tu salón? Emma negó. —No sé de cuál es. Lucía intentó mantener la voz tranquila. —¿Dónde la conociste? —En el recreo. Casi siempre está cerca del salón viejo. —¿El de música? —Sí. Lucía sintió frío. —¿Y qué hacen? —Jugamos. Emma siguió comiendo como si nada. —Pero es medio rara. —¿Por qué? —Nunca va al comedor. Y siempre me pregunta lo mismo. —¿Qué cosa? Emma levantó la mirada. —Que si sé dónde está la salida más cercana. Lucía sintió que el estómago se le cerraba. Fue por una de las fotografías que había llevado para restaurar. La de 1984. La colocó frente a Emma sin señalar a nadie. —¿Reconoces a alguna persona? Emma observó la imagen unos segundos. Entonces sonrió. Y puso el dedo exactamente sobre la niña del listón amarillo. —Ella. Lucía sintió que se le erizaban los brazos. —¿Estás segura? —Sí. Es Valeria. —Emma… esta fotografía tiene más de cuarenta años. La niña frunció el ceño. —Pues es ella. ⸻ A la mañana siguiente Lucía fue directamente con el director. Le contó todo. Las fotografías. Los registros. Lo que Emma decía. El director escuchó pacientemente, aunque su expresión dejaba claro que no creía una palabra. Revisó nuevamente la matrícula. —No tenemos ninguna Valeria con esa descripción. —Mi hija asegura que habla con ella. —Los niños inventan amigos, señora. —¿Y las fotografías? El hombre suspiró. —Probablemente sea una coincidencia. Lucía salió más inquieta que antes. Ese día estaba programada la fotografía escolar del ciclo. Intentó olvidarse del asunto. Hasta las cuatro de la tarde. Su teléfono vibró. Era un mensaje del fotógrafo. “Te mando la prueba del grupo de Emma.” Lucía abrió la imagen. Los niños aparecían acomodados en tres filas frente al patio principal. Buscó a Emma. Estaba en la segunda fila. Sonriendo. Lucía respiró aliviada. Hasta que vio algo detrás de ella. Amplió la fotografía. Y sintió que se le paralizaban las manos. Detrás de Emma estaba Valeria. Llevaba el mismo uniforme antiguo. El mismo cabello oscuro. El mismo listón amarillo. La misma edad que en 1984. Pero había algo diferente. Esta vez no miraba hacia la cámara. Tenía una mano apoyada sobre el hombro de Emma. Y con la otra señalaba hacia un punto fuera de la fotografía. Lucía reconoció inmediatamente la dirección. El gimnasio de la escuela. Marcó a su hija. Emma contestó después de varios tonos. —¿Mamá? —Emma, necesito que me digas algo. Estoy viendo la fotografía que les tomaron hoy. Hubo silencio. —Valeria está detrás de ti. Emma no respondió. —¿Qué significa esto? Pasaron varios segundos. Cuando Emma volvió a hablar, su voz había cambiado. —Me dijo que no te quería asustar. Lucía apretó el teléfono. —¿Qué te dijo? —Que mañana va a sonar la campana. —¿Qué campana? Emma respiró lentamente. —No sé. —Emma, ¿qué más te dijo? La niña guardó silencio antes de responder: —Valeria dice que mañana, cuando suene la campana, no debemos entrar al gimnasio. Navegación de entradas La casa de enfrente llevaba años vacía… hasta que vi mi foto en la ventana 1 2