Parte 1 Elena levantó la vista de la máquina de coser cuando escuchó tres golpes apresurados en la puerta de cristal. Eran casi las seis de la tarde y ya pensaba cerrar el taller. Del otro lado había una mujer joven cargando una funda blanca enorme entre los brazos. —¿Todavía atiende? Elena miró el reloj. —Depende. ¿Qué pasó? La muchacha abrió la funda y dejó ver un vestido de novia. —Me caso en diez días… y creo que lo arruinaron. Elena suspiró. Llevaba más de veinte años arreglando vestidos y conocía perfectamente aquella mirada: desesperación mezclada con miedo. —Pásale. La joven se llamaba Camila. Otra costurera había intentado ajustar el vestido, pero había cortado demasiado una parte del encaje y deformado la cintura. Elena extendió la prenda sobre su mesa. —Se puede salvar. —¿De verdad? —Sí. Pero voy a necesitar que vengas varias veces esta semana. Camila sonrió por primera vez. —Las veces que sean necesarias. Durante la primera prueba, Elena tomó medidas mientras Camila hablaba sin parar. Era evidente que estaba emocionada por la boda. —Andrés dice que me preocupo demasiado —comentó riendo—. Él es mucho más tranquilo. —¿Andrés es tu prometido? —Sí. Elena colocó un alfiler en la cintura del vestido. —¿A qué se dedica? —Ventas. Por eso viaja muchísimo. La mano de Elena se detuvo apenas un instante. Su esposo también trabajaba en ventas. Julián llevaba dieciséis años casado con ella y desde hacía varios años pasaba buena parte de la semana fuera de la ciudad. Pero no tenía nada de extraño. Miles de personas trabajaban así. —Debe ser complicado —comentó Elena. —Al principio sí. Pero una se acostumbra. Además, Andrés es muy trabajador. Siempre dice que quiere aprovechar estos años para construir algo bueno para nosotros. Elena sonrió. Aquella frase le resultó curiosamente familiar. Julián decía algo parecido. Camila continuó hablando. Le contó que Andrés era divorciado, que había tenido una vida difícil y que por fin sentía que había encontrado a alguien con quien empezar de nuevo. —Mire. Camila tomó su teléfono. —Esta es del día que me pidió matrimonio. Elena siguió acomodando el vestido mientras Camila buscaba la fotografía. —Aquí. Le acercó la pantalla. Elena miró. Y dejó de respirar. Durante unos segundos, el ruido de los automóviles afuera, la música de la tienda vecina y la voz de Camila parecieron desaparecer. El hombre de la fotografía estaba abrazándola frente a un restaurante. Camisa blanca. Cabello corto. La misma sonrisa ligeramente torcida. Elena conocía ese rostro. Lo había visto dormido junto a ella durante dieciséis años. Era Julián. Su esposo. —¿Está bien? —preguntó Camila. Elena parpadeó. —Sí… perdón. Me quedé pensando en cómo arreglar esta parte. Volvió a mirar discretamente la fotografía. Quizá estaba equivocada. Quizá simplemente se parecía demasiado. Entonces vio el reloj. Un reloj metálico que ella misma le había regalado a Julián en su cumpleaños. Después observó la mano derecha apoyada sobre la cintura de Camila. Cerca del pulgar había una pequeña cicatriz. Julián se la había hecho años atrás arreglando una ventana. No había duda. Elena sintió que las piernas le temblaban. Pero continuó trabajando. —¿Cuánto tiempo llevan juntos? Camila sonrió. —Dieciocho meses. Elena hizo el cálculo mental. Dieciocho meses. Justamente durante ese periodo los viajes laborales de Julián se habían vuelto mucho más frecuentes. —¿Y siempre viaja tanto? —Muchísimo. A veces desaparece cuatro o cinco días. Pero hablamos cuando puede. Elena clavó otro alfiler. Esta vez con más fuerza de la necesaria. —¿Cómo dijiste que se llama? —Andrés. Camila tomó una invitación de boda que llevaba dentro de su bolso. —Mire, apenas nos las entregaron. Elena la recibió. Camila Torres y Andrés Salvatierra. Leyó el nombre dos veces. Andrés Salvatierra. Su marido no solo tenía otra mujer. Tenía otro nombre. Aquella noche Elena esperó hasta estar sola. Julián supuestamente se encontraba en León visitando clientes. Abrió la aplicación bancaria. Nunca había revisado demasiado sus movimientos porque cada uno manejaba parte de sus gastos. Esta vez retrocedió varios meses. Restaurantes. Hoteles. Una joyería. Otra joyería. Cargos en fines de semana en los que Julián aseguraba haber tenido reuniones de trabajo. Elena comenzó a comparar fechas con mensajes antiguos. “Llegué al hotel. Estoy muerto. Mañana te llamo.” Ese mismo día aparecía un cargo en un restaurante elegante. Otra fecha. “Hoy cenaré con unos clientes.” Cargo en una joyería. Otra. “Me extendieron el viaje dos días.” Hotel. Elena dejó el teléfono sobre la mesa. Sentía náuseas. Marcó a Julián por videollamada. Una vez. Nada. Otra. Rechazada. Treinta segundos después llegó un mensaje. “Estoy con gente del trabajo. No puedo hablar.” Después recibió una fotografía. Una habitación de hotel. Televisión encendida. Una maleta sobre una silla. Elena amplió la imagen. Algo no cuadraba. Recordaba aquella fotografía. Julián se la había enviado meses atrás. Era vieja. Esa noche apenas durmió. Su primer impulso fue llamarlo y exigirle que regresara. Después pensó en Camila. ¿Sabía que él estaba casado? ¿Era cómplice? ¿O también estaba siendo engañada? Decidió esperar. Necesitaba entender qué estaba ocurriendo antes de revelar lo que sabía. Dos días después, Camila regresó para la segunda prueba. Elena había practicado mentalmente cómo comportarse. Sonreír. Trabajar. Preguntar sin parecer demasiado interesada. —¿Y Andrés estuvo casado antes? —preguntó mientras ajustaba el vestido. Camila bajó ligeramente la mirada. —Sí. Elena sintió el corazón acelerarse. —¿Y qué pasó? Hubo un pequeño silencio. —Su esposa murió. Elena dejó de mover las manos. —¿Murió? —Hace años. Casi nunca habla de eso. Dice que fue una etapa muy dolorosa. La aguja atravesó el dedo de Elena. —¡Ay! Una pequeña gota de sangre apareció sobre su piel. —¿Está bien? —preguntó Camila. —Sí. Nada más me distraje. Elena buscó un pañuelo. Cuando levantó nuevamente la mirada, Camila ya no estaba sonriendo. La joven caminó hasta la entrada del taller. Cerró la puerta. Después bajó la cortina interior. Elena la observó confundida. —¿Qué haces? Camila regresó lentamente. Sacó su teléfono. Luego una carpeta gruesa de su bolso y la colocó sobre la mesa. —No tienes que seguir fingiendo —dijo Camila. Elena sintió que el aire desaparecía de la habitación. —No sé de qué hablas. La joven abrió una carpeta de fotografías, estados de cuenta y documentos. Encima de todo estaba una copia del acta matrimonial de Elena y Julián. —Sé perfectamente quién eres —continuó—. No encontré este taller por casualidad. Camila sostuvo su mirada y añadió: —Te elegí porque eres su esposa. Navegación de entradas Encontré un segundo celular escondido… pero lo peor no estaba ahí 1 2