El niño dejó de caminar cuando vio sangre dentro de su zapato. —Mamá… ya no puedo —susurró. Mariela se agachó frente a él, aunque sentía que las piernas se le partían. Le quitó el tenis con cuidado y vio la piel abierta, roja, llena de tierra. Su hijo tenía apenas siete años. Se llamaba Mateo.Y llevaba tres días caminando por el desierto. —Solo un poco más, mi amor —le dijo ella, aunque no sabía si era verdad—. Solo un poco más y llegamos. Mateo la miró con los ojos secos. Ya no tenía lágrimas. —Eso dijiste ayer. Mariela sintió que esas palabras le atravesaron el pecho. No podía decirle la verdad. No podía decirle que el coyote los había abandonado. No podía decirle que el agua se estaba terminando. No podía decirle que su hermano menor, Daniel, venía atrás cargando la mochila donde guardaban las últimas tortillas duras, una foto de la abuela y una bolsita con monedas que ya no servían de nada. Todo había empezado cinco meses antes, en un barrio polvoriento donde las noches ya no eran tranquilas. Mariela vendía comida afuera de una terminal de autobuses. Ganaba poco, pero alcanzaba para frijoles, arroz y la medicina de su madre. Hasta que una tarde, dos hombres llegaron a su puesto. —Vas a pagar cuota —le dijeron. Ella pensó que era una broma. No lo era. La primera semana pagó. La segunda también. La tercera ya no pudo. Esa noche quemaron su carrito de comida. Mateo lo vio desde la ventana. —Mamá, ¿por qué se quema nuestro trabajo? Mariela lo abrazó tan fuerte que casi no lo dejó respirar. Dos días después, su madre murió. No por los hombres. No directamente. Murió porque la medicina no llegó a tiempo. Antes de cerrar los ojos, la anciana tomó la mano de Mariela.—Vete —le dijo—. No esperes a que te quiten también al niño. Mariela no quería irse. Pero cuando encontró una nota debajo de la puerta que decía “la próxima vez será tu hijo”, entendió que quedarse era otra forma de morir. Vendió lo poco que tenía. Un refrigerador viejo. La cama. Los aretes de su madre. Su hermano Daniel, de diecinueve años, insistió en acompañarla. —No vas sola con el niño —le dijo. —Tú tienes vida aquí. Daniel soltó una risa triste. —¿Cuál vida? Pagaron a un coyote llamado Elías. Un hombre de voz suave, camisa limpia y sonrisa falsa. —Yo los cruzo seguros —prometió—. Conmigo nadie se queda atrás. Mariela creyó en él porque necesitaba creer en alguien. El primer día caminaron de noche. El segundo, escondidos entre piedras. El tercero, el grupo empezó a romperse. Una señora se desmayó. Un joven quiso regresar. Un hombre se puso a rezar en voz alta. Y Elías se desesperó. —El que no aguante, se queda —dijo. Mariela sintió miedo. Pero no dijo nada. Al amanecer del cuarto día, despertaron bajo unos arbustos secos. Elías ya no estaba. Tampoco estaban dos garrafones de agua. Tampoco estaba el dinero que varios llevaban escondido. Daniel revisó su mochila y palideció. —Se llevó todo. —¿Todo qué? Daniel no contestó. Mariela entendió. El coyote los había vendido a la suerte. Caminaron sin rumbo durante horas. El sol parecía caerles encima como una piedra encendida. Mateo empezó a tropezar. Daniel intentó cargarlo, pero también iba débil. —No podemos detenernos —decía él—. Si nos quedamos aquí, nos morimos. Mariela miraba el horizonte esperando ver una carretera, una luz, una casa, cualquier señal humana. Solo había arena. Piedras. Silencio.Y calor. Al caer la tarde, el viento se volvió frío. El desierto cambió de cara. Ya no quemaba. Ahora mordía. Mateo temblaba pegado a su madre. —Cuéntame de Estados Unidos —pidió. Mariela cerró los ojos. —Allá vas a ir a una escuela bonita. —¿Con recreo? —Con recreo. —¿Y habrá leche con chocolate? Ella sonrió apenas. —Toda la que quieras. Daniel apartó la mirada. No quería llorar delante del niño. Horas después escucharon un ruido. Un motor. Lejano. Luego luces. Daniel se levantó de golpe. —¡Una camioneta! Mariela sintió que el corazón le revivía. Corrieron como pudieron. Mateo cojeaba. Daniel agitaba los brazos. —¡Ayuda! ¡Por favor! Las luces se acercaron. Era una camioneta blanca. Se detuvo a unos metros. Bajaron dos hombres. No traían uniforme. No sonreían. Uno de ellos alumbró sus rostros con una lámpara. —¿Vienen con Elías? —preguntó. Mariela sintió que algo andaba mal. Daniel dio un paso al frente. —Nos abandonó. Solo necesitamos agua. El hombre de la lámpara miró a Mateo. Luego miró a Mariela. —Suban. —¿Nos van a ayudar? —preguntó ella. El hombre no respondió. El segundo abrió la puerta trasera. Adentro había más personas. Una mujer llorando. Un muchacho con la cara golpeada. Un hombre sangrando de la ceja. Daniel agarró a Mariela del brazo. —No subas —susurró. Pero ya era tarde. El hombre sacó una pistola. —Suban. Mateo empezó a llorar en silencio. Mariela lo abrazó. Daniel apretó los puños. —Por favor, es un niño. El hombre se acercó y le puso la pistola en el pecho. —Entonces no hagas que vea algo feo. Mariela subió primero. Luego Mateo. Daniel fue el último. La camioneta arrancó. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el motor y la respiración asustada de todos. Después de varios minutos, Mateo le susurró a su madre: —Mamá… tengo miedo. Mariela le besó la frente. —Yo también, mi amor. Entonces la camioneta frenó de golpe. Afuera se escucharon gritos. Luces azules y rojas iluminaron las ventanas. Uno de los hombres maldijo. El otro levantó la pistola. Y antes de que Mariela pudiera cubrir a su hijo, alguien abrió la puerta trasera desde afuera. Una voz gritó: —¡Todos al suelo! Mateo cayó. Mariela perdió su mano. Y en medio del caos, escuchó a Daniel gritar su nombre. Después sonó un disparo. ( CONTINUA EN PAGINA 2) Navegación de entradas La mujer que vendía café en la esquina 1 2