PARTE 2

Me quedé mirando a mi madre.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

No respondió.

—Mamá.

—Yo no debería ser quien te lo diga.

Sentí un escalofrío.

Toda mi vida había creído que nací en Guadalajara.

Eso decía mi acta.

Eso me habían contado siempre.

—Yo nací aquí.

Mi madre negó lentamente.

—Te registramos aquí.

—¿Entonces dónde nací?

—En San Luis.

La misma ciudad.

El mismo lugar de la fotografía.

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Quién es Patricia Ortega?

Mi madre cerró los ojos.

—Pregúntale a tu padre.

Estaba harta de escuchar esa frase.

Fui directamente al estudio.

Mi padre estaba sentado frente al escritorio.

La fotografía seguía sobre la mesa.

La mujer embarazada.

Él abrazándola.

San Luis Potosí, 1990.

—Mamá dice que yo nací allá.

Mi padre levantó la mirada.

No parecía sorprendido.

—Sí.

—¿Por qué me mintieron?

Guardó silencio.

Golpeé la fotografía contra el escritorio.

—¿Patricia es la madre de Tomás?

—Sí.

—¿Y tú eres su padre?

Mi padre tardó varios segundos en responder.

—No.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Tomás no es mi hijo.

No entendía nada.

—Entonces ¿por qué lo obligaste a terminar con Laura?

Mi padre respiró profundamente.

—Porque Patricia es su madre.

—Eso ya lo sé.

—Pero no sabes quién es Patricia.

Se levantó.

Abrió el archivero y sacó otra carpeta.

Dentro había documentos viejos.

Recibos.

Cartas.

Fotografías.

Y un acta de nacimiento.

La puso frente a mí.

Nombre:

Natalia Ortega.

Fecha de nacimiento:

La mía.

Lugar:

San Luis Potosí.

Madre:

Patricia Ortega.

Sentí que el piso desaparecía.

—No.

Mi padre no dijo nada.

Volví a leerlo.

Una vez.

Dos.

Tres.

—No.

—Natalia…

—Mi mamá se llama Elena.

—Elena te crió.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

Mi padre comenzó a llorar.

—Patricia es tu madre biológica.

No recuerdo cuánto tiempo me quedé callada.

Tal vez fueron segundos.

Tal vez minutos.

Lo único que escuchaba era mi respiración.

—Entonces…

Miré la fotografía.

—¿Tomás?

Mi padre asintió.

—Es tu hermano.

Me llevé una mano a la boca.

De repente entendí su reacción durante la cena.

Tomás había reconocido a mi padre.

No porque fuera su padre.

Sino porque había visto fotografías.

—¿Él sabía de mí?

—No al principio.

—¿Cuándo lo descubrió?

—La noche después de la cena.

Mi padre me contó todo.

Patricia tenía 19 años cuando quedó embarazada de mí.

Mi padre tenía 22.

Se habían conocido trabajando en un restaurante.

Estuvieron juntos casi un año.

Pero mi padre ya estaba comprometido con Elena.

Mi madre.

O la mujer que yo había llamado mamá toda mi vida.

—¿Entonces tú sí eres mi padre?

—Sí.

Al menos aquello no era mentira.

Patricia quiso quedarse conmigo.

Pero estaba sola.

Sin dinero.

Su familia la había echado de casa cuando supieron que estaba embarazada.

Mi padre pagaba la renta y los gastos a escondidas.

Hasta que Elena descubrió todo.

Pensé que ahí vendría una historia de gritos.

De abandono.

De divorcio.

No fue así.

Elena hizo algo que jamás habría imaginado.

Fue a buscar a Patricia.

—¿Para qué?

Mi padre bajó la mirada.

—Para proponérselo.

—¿Proponerle qué?

—Criarte nosotros.

Sentí rabia.

—¿Comprarme?

—No.

—¿Entonces qué?

—Patricia estaba desesperada.

El acuerdo fue que mis padres me criarían y Patricia podría reconstruir su vida.

Nunca me dirían la verdad.

A cambio, mi padre seguiría ayudándola económicamente.

—¿Por eso los depósitos?

—Sí.

—Durante veinte años.

—No eran para comprarte, Natalia. Eran para ayudarla.

Me levanté.

No podía seguir escuchando.

Pero todavía faltaba una pregunta.

—¿Y Tomás?

Mi padre se quedó callado.

—Patricia tuvo otro hijo cinco años después.

Con otro hombre.

Tomás.

Mi medio hermano.

Entonces recordé algo.

—¿Por qué vino aquí?

—No lo sabía.

—No te creo.

—Cuando empezó a salir con Laura, no sabía quién era ella.

—¿Y después?

Mi padre respiró profundamente.

—Un día Laura le enseñó una fotografía familiar.

Ahí me reconoció.

—¿A ti?

—Sí.

Patricia tenía fotografías mías.

Tomás había visto algunas cuando era niño.

Por eso, cuando entró a nuestra casa, ya sospechaba algo.

Pero necesitaba estar seguro.

La fotografía de San Luis terminó de confirmárselo.

—Entonces Laura y él…

—No tienen parentesco.

Aquello me confundió todavía más.

Laura era hija de Elena y de mi padre.

Tomás era hijo de Patricia y de otro hombre.

No compartían sangre.

—Entonces ¿por qué terminaron?

Mi padre me miró.

—Porque le pedí que lo hiciera.

—¿Por qué?

—Porque si seguía con Laura, tarde o temprano todo iba a salir.

Sentí una rabia brutal.

—¡Y salió!

—Quería protegerlas.

—Nos mentiste durante treinta y seis años.

Mi padre bajó la cabeza.

Salí de aquella casa.

No hablé con nadie durante dos días.

Hasta que recibí un mensaje.

Era de un número desconocido.

“Hola, Natalia. Soy Tomás. Creo que tenemos que hablar.”

Nos vimos en una cafetería.

Llegó solo.

Cuando lo vi entrar sentí algo extraño.

Durante la cena no había notado cuánto nos parecíamos.

No físicamente.

Eran pequeños gestos.

La manera de fruncir la frente.

La forma de mover las manos.

Incluso esa costumbre de morder ligeramente el interior del labio cuando estaba nervioso.

Se sentó frente a mí.

—Perdón.

—¿Por qué?

—Por todo esto.

—Tú no hiciste nada.

Tomás sacó un sobre de su mochila.

—Mi mamá murió hace tres años.

No sabía qué decir.

Mi madre biológica había muerto.

Y yo ni siquiera sabía que existía.

—Antes de morir me contó que tenía una hija.

Me entregó el sobre.

Mi nombre estaba escrito afuera.

Natalia.

Reconocí inmediatamente la letra.

Era la misma de la fotografía.

Me temblaban las manos.

Abrí la carta.

No pude terminarla de una sola vez.

Patricia contaba que pensó en mí todos los días.

Que había seguido mi vida desde lejos.

Mi primer día de escuela.

Mi graduación.

Mi boda.

Incluso sabía que me encantaban los duraznos y que cuando era niña tenía miedo a los perros grandes.

—¿Cómo sabía todo eso?

Tomás bajó la mirada.

—Porque te veía.

Sentí frío.

—¿Qué?

—A veces iba a Guadalajara.

—¿Yo la conocí?

Tomás asintió.

—Varias veces.

Comenzó a enseñarme fotografías.

Y entonces la reconocí.

No podía creerlo.

Aquella mujer había estado presente en distintos momentos de mi infancia.

En una fiesta escolar.

En mi graduación de primaria.

Incluso aparecía al fondo de una fotografía de mis quince años.

Siempre lejos.

Siempre observando.

Pero había una fotografía que me destrozó.

Yo tenía aproximadamente siete años.

Estaba sentada en una banca comiendo un helado.

A mi lado estaba Patricia.

Las dos sonreíamos.

—¿Cuándo fue esto?

Tomás respondió:

—Ella decía que fue el mejor día de su vida.

Entonces lo recordé.

Una mujer que se acercó a mí en un parque.

Me había ayudado porque se me cayó el helado.

Compró otro.

Se sentó conmigo mientras esperaba a que mi padre regresara.

Yo había olvidado completamente aquel momento.

Pero ella no.

Seguí leyendo la carta.

Al final había una frase:

“Perdóname por aceptar desaparecer de tu vida. Durante años pensé que era lo mejor para ti. Después entendí que los adultos también usamos el amor como excusa para justificar nuestros miedos.”

Lloré.

Tomás también.

Y por primera vez abracé a mi hermano.

No fue extraño.

Fue triste.

Porque sentí que estaba abrazando treinta y seis años que nos habían robado.

Después le pregunté por Laura.

—¿La amas?

Sonrió con tristeza.

—Muchísimo.

—Entonces búscala.

—Tu papá…

—Mi papá ya decidió demasiado por todos.

Laura tardó semanas en comprenderlo.

Primero se enojó.

Después lloró.

Después volvió con Tomás.

Mis padres, en cambio, casi se separaron.

Porque cuando enfrenté a Elena descubrí algo que mi padre tampoco sabía.

—¿Por qué aceptaste criarme? —le pregunté.

Esperaba escuchar que lo hizo por amor a mi padre.

O porque no podía tener hijos.

Pero negó con la cabeza.

—Yo podía tener hijos. Laura nació después.

—Entonces ¿por qué?

Me tomó la mano.

—Porque fui a conocer a Patricia pensando que la odiaba.

Se quedó callada.

—Y cuando llegué, te tenía en brazos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Eras diminuta. Estabas dormida sobre su pecho.

—¿Y?

—Patricia me preguntó si quería cargarte.

Mi madre sonrió mientras lloraba.

—Te abracé y abriste los ojos.

Apretó mi mano.

—Y ahí se acabó todo.

—¿Qué se acabó?

—El odio.

Por primera vez entendí que aquella historia no tenía una villana.

Había cuatro personas jóvenes tomando decisiones enormes con miedo, culpa y amor mezclados.

Decisiones que después se convirtieron en secretos.

Y los secretos en mentiras.

Hoy sigo llamando mamá a Elena.

Porque para mí lo es.

También tengo una fotografía de Patricia en mi sala.

La del parque.

La del helado.

Tomás y yo nos vemos seguido.

Y Laura continúa con él.

Todavía hacemos comidas familiares los domingos.

Aunque ya nunca volvieron a sentirse iguales.

Hace poco, durante una de ellas, mi padre sacó el viejo álbum de fotografías.

Esta vez nadie intentó cerrarlo.

Tomás estaba sentado junto a Laura.

Yo estaba frente a mis padres.

Llegamos a aquella fotografía de San Luis Potosí.

Mi padre junto a Patricia.

La fotografía que había comenzado todo.

Me quedé mirándola durante unos segundos.

Después pregunté:

—¿Por qué nunca me dijeron la verdad?

Mi padre bajó la mirada.

Pero Elena respondió.

—Porque cada año que pasaba era más difícil decirla.

Cerré el álbum.

Entonces comprendí algo.

Los secretos familiares casi nunca comienzan como secretos.

A veces comienzan como una decisión que alguien promete explicar mañana.

Después pasan meses.

Luego años.

Hasta que llega un día en que todos han aprendido a vivir con la mentira.

Todos…

menos la persona que tenía derecho a conocer la verdad.