El mensaje llegó a las 11:38 de la noche.

Paula estaba acostada viendo videos mientras esperaba que Mauricio terminara de bañarse.

Número desconocido.

Pensó que era publicidad y estuvo a punto de bloquearlo.

Entonces leyó:

“No me conoces. Mañana tu esposo te va a pedir que firmes unos documentos. Por favor, no lo hagas.”

Paula se incorporó.

Volvió a leerlo.

—¿Quién eres? —escribió.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

“Alguien que debió hablarte antes.”

Paula sintió una punzada en el estómago.

Mauricio salió del baño en ese momento, secándose el cabello.

—¿Qué tienes?

Paula bloqueó el teléfono.

—Nada.

Mauricio se acostó a su lado.

—Mañana necesito que me acompañes a hacer un trámite.

Paula lo miró.

—¿Qué trámite?

—Lo del terreno.

Sintió que el cuerpo se le enfriaba.

El terreno.

Su padre se lo había dejado cuando murió.

No era enorme ni especialmente valioso cuando lo heredó, pero con los años aquella zona comenzó a desarrollarse y varias constructoras mostraron interés.

Tres semanas atrás, Mauricio había llegado con una propuesta.

Venderlo.

Él tenía 38 años y desde hacía casi una década manejaba una empresa pequeña de instalación de equipos de refrigeración.

Había tenido un año difícil.

Dos clientes grandes le debían dinero.

Necesitaba capital.

Según sus cálculos, si Paula vendía el terreno y utilizaban una parte para estabilizar la empresa, podrían recuperar el dinero en dos años.

Llevaban once años casados.

Tenían una hija de ocho.

Paula confiaba en él.

Por eso había aceptado.

—Pensé que la firma era hasta el viernes —dijo.

—Se adelantó.

—¿Por qué?

Mauricio se encogió de hombros.

—El comprador quiere cerrar de una vez.

Paula lo observó.

—¿Qué voy a firmar exactamente?

Él sonrió.

—Lo mismo que ya platicamos.

Le dio un beso en la frente.

—No te preocupes por eso ahorita.

Apagó la lámpara.

Paula permaneció despierta.

Esperó hasta escuchar la respiración profunda de Mauricio.

Después tomó nuevamente el teléfono.

“¿Qué sabes de mis documentos?”

Esta vez la respuesta tardó casi diez minutos.

“Sé para qué necesita realmente el dinero.”

Paula sintió que el corazón comenzó a golpearle el pecho.

“Dímelo.”

Nada.

“¿Quién eres?”

Nada.

“Si sabes algo, dilo.”

Finalmente apareció una respuesta.

“No puedo hacerlo por mensaje.”

Paula escribió:

“Entonces llámame.”

El teléfono sonó casi inmediatamente.

Paula salió de la habitación.

Cerró la puerta.

Caminó hasta la cocina.

—¿Bueno?

Una mujer respondió.

Parecía joven.

Tal vez treinta y tantos.

—¿Paula?

—Sí.

—Me llamo Lorena.

Paula esperó.

—¿De dónde conoces a mi esposo?

Silencio.

Aquellos dos segundos fueron suficientes.

Paula se apoyó contra la barra de la cocina.

—¿Te estás acostando con él?

Lorena comenzó a llorar.

Paula cerró los ojos.

Ya tenía la respuesta.

—¿Desde cuándo?

—Casi dos años.

Paula no sintió inmediatamente rabia.

Sintió algo parecido a incredulidad.

Como si estuviera escuchando una historia sobre otras personas.

—¿Dos años?

—Sí.

—¿Mauricio te dijo que estaba casado?

—Sí.

Eso dolió de una manera distinta.

No había engañado a Lorena respecto a su existencia.

—Entonces sabías perfectamente quién era yo.

—Sí.

—¿Y ahora vienes a advertirme?

Lorena permaneció callada.

—¿Por qué?

—Porque hasta hoy yo pensaba que el dinero era de él.

Paula frunció el ceño.

—¿Qué dinero?

Lorena respiró profundamente.

—El del departamento.

Paula se quedó inmóvil.

—¿Cuál departamento?

Silencio.

—Lorena, ¿qué departamento?

—El que Mauricio y yo íbamos a comprar.

⸻

Paula tuvo que sentarse.

Lorena comenzó a explicarle.

Mauricio le había dicho que estaba vendiendo una propiedad que había comprado años atrás con un socio.

Con ese dinero daría el enganche de un departamento.

No inmediatamente.

No para mudarse con ella la semana siguiente.

Pero sí como parte de una vida que, según él, estaba preparando.

—¿Te dijo que iba a dejarme?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Lleva diciéndolo más de un año.

Paula soltó una risa seca.

—Qué sorpresa.

Lorena no respondió.

—¿Y cuándo descubriste que el terreno es mío?

—Hoy.

Mauricio le había enviado por error una fotografía donde aparecía parte de una carpeta de documentos.

Lorena alcanzó a leer un nombre.

Paula Mendoza.

Le preguntó.

Mauricio primero dijo que era una formalidad.

Después aseguró que el terreno pertenecía a ambos.

Lorena no le creyó.

Buscó el nombre de Paula en redes.

Encontró fotografías.

Un aniversario celebrado cuatro meses atrás.

Un viaje familiar durante Semana Santa.

Una publicación de Mauricio felicitándola por su cumpleaños:

“Por muchos años más construyendo juntos.”

Pero Mauricio llevaba meses diciéndole a Lorena que prácticamente estaba separado.

—¿Y cómo conseguiste mi teléfono?

—Estaba en la ficha del negocio de repostería que tienes en Instagram.

Eso tenía sentido.

Paula utilizaba aquel número para recibir pedidos.

—¿Qué esperas que haga?

—Nada.

—No me digas que nada.

—No quiero que vendas algo de tu papá pensando que el dinero va a salvar su empresa.

Paula guardó silencio.

—¿Tienes pruebas?

Lorena tardó en responder.

—Sí.

—Mándamelas.

—Paula…

—Mándamelas.

El teléfono comenzó a recibir fotografías.

Primero Mauricio y Lorena en un restaurante.

Después en una playa.

Después dentro de un departamento muestra.

Una captura de pantalla.

Mauricio: “Cuando cerremos lo de la propiedad ya podremos apartarlo.”

Otra.

Lorena: “¿Y Paula?”

Mauricio: “Eso ya está terminado. Solo necesito hacer las cosas bien por mi hija.”

Paula continuó deslizando.

Había fechas.

Horas.

Lugares.

Una de las fotografías había sido tomada el día que Mauricio le dijo que viajaría a Querétaro por trabajo.

Otra, durante el cumpleaños de su madre.

Él había llegado tres horas tarde porque supuestamente se había descompuesto una camioneta de la empresa.

Paula dejó el teléfono sobre la mesa.

No necesitaba ver más.

—¿Por qué me estás ayudando?

—No sé si llamarlo ayudar.

—Pudiste quedarte callada.

Lorena tardó varios segundos.

—Porque una cosa es haber aceptado ser la otra mujer y otra muy distinta ayudarlo a quitarte algo sin que lo sepas.

Paula sintió rabia.

—Qué considerada.

—No espero que me perdones.

—Perfecto.

Paula estaba a punto de colgar.

Entonces Lorena dijo:

—Hay otra cosa.

Paula cerró los ojos.

—¿Qué?

—Mauricio no sabe que te llamé.

—Eso ya lo imaginé.

—Mañana va a llevarte a una notaría a las once.

Paula miró hacia el pasillo.

Su esposo dormía a pocos metros.

—Sí.

—Entonces no le digas nada esta noche.

—¿Por qué?

Lorena permaneció callada.

—¿Lorena?

—Porque necesito comprobar algo antes.

—¿Qué cosa?

—Mauricio me dijo que después de que tú firmaras, nos veríamos a las cuatro.

Paula apretó el teléfono.

—¿Para qué?

—Para entregar el apartado del departamento.

⸻

Paula no durmió.

A las siete de la mañana preparó el desayuno de su hija.

Mauricio apareció perfectamente normal.

—Buenos días.

La besó.

Paula tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—Yo como piedra.

Se sirvió café.

—Acuérdate que salimos como a las diez y cuarto.

—Sí.

Mauricio sonrió.

—Vas a ver que esto nos va a quitar un peso enorme de encima.

Paula lo observó.

Pensó en las fotografías.

En Lorena.

En el departamento.

Y decidió no confrontarlo todavía.

Necesitaba saber exactamente qué estaba intentando hacer.

A las 10:23 salieron de casa.

Llegaron a la notaría poco antes de las once.

Los recibió un hombre que parecía conocer bien a Mauricio.

Hablaron del comprador.

Del precio.

De impuestos.

De plazos.

Todo parecía normal.

Hasta que colocaron los documentos frente a Paula.

—Firme aquí, por favor.

Mauricio le acercó una pluma.

Paula no la tomó.

—Quiero leerlo.

Mauricio sonrió.

—Claro.

Pero su pie comenzó a moverse debajo de la mesa.

Paula leyó.

La operación era real.

El comprador existía.

El precio también.

No había ninguna cláusula escondida.

Aquello la desconcertó.

Esperaba encontrar la trampa.

No estaba ahí.

—¿Alguna duda? —preguntó el notario.

Paula levantó la mirada.

—Sí.

Miró a Mauricio.

—Después de vender, ¿a qué cuenta va a llegar el dinero?

Su esposo respondió rápidamente.

—A la que acordamos.

—¿Cuál?

Mauricio se quedó callado.

—La empresarial.

—El terreno es mío.

—Sí, amor, pero justamente lo vamos a usar para la empresa.

Paula sostuvo su mirada.

—Entonces quiero que el dinero llegue primero a mi cuenta.

El rostro de Mauricio cambió apenas.

Fue mínimo.

Pero Paula lo vio.

—Eso nos va a complicar fiscalmente.

El notario intervino.

—No necesariamente.

Mauricio lo miró.

—Lo revisamos nosotros después.

Paula cerró la carpeta.

—No voy a firmar hoy.

Silencio.

—¿Cómo que no? —preguntó Mauricio.

—Quiero revisar todo con alguien por mi cuenta.

—Paula, ya lo revisamos.

—Tú lo revisaste.

—¿Qué está pasando?

Ella lo miró.

Durante once años había pensado que conocía cada expresión de aquel hombre.

Aquella mañana descubrió una nueva.

Miedo.

—Nada —respondió—. Simplemente no voy a firmar algo que no entiendo completamente.

Mauricio intentó discutir.

El notario lo detuvo.

Sin la firma de Paula no había operación.

Salieron veinte minutos después.

En el estacionamiento, Mauricio explotó.

—¡Llevamos semanas preparando esto!

—Entonces unos días más no deberían importar.

—¡Sí importan!

—¿Por qué?

Mauricio se quedó callado.

Paula esperó.

—La empresa necesita ese dinero.

—¿Solamente la empresa?

El rostro de Mauricio cambió.

Por un segundo, Paula creyó que lo había descubierto.

Pero se recuperó.

—¿Qué quieres decir?

Paula abrió la puerta del automóvil.

—Nada.

⸻

A las 3:52 de la tarde recibió un mensaje.

Era Lorena.

“Ya llegó.”

Paula miró la pantalla.

Otro mensaje.

“Está conmigo.”

Después:

“Trajo algo.”

Paula escribió:

“¿Qué?”

La respuesta tardó.

“No es para el departamento.”

Paula frunció el ceño.

“Entonces ¿qué es?”

Aparecieron los tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Finalmente llegó una fotografía.

Era una carpeta.

En la portada había un logotipo que Paula conocía perfectamente.

El de la empresa de Mauricio.

Debajo aparecía el nombre de Lorena.

Y una cifra.

$480,000.

Paula llamó inmediatamente.

Lorena contestó desde el baño de un restaurante.

—¿Qué significa eso?

—Me ofreció entrar como socia.

—¿Con cuatrocientos ochenta mil pesos?

—Sí.

—¿De dónde iba a salir ese dinero?

—Le pregunté.

—¿Y?

Lorena respiró.

—Me dijo que de la venta de tu terreno.

Paula sintió rabia.

Pero Lorena añadió:

—Eso no es lo peor.

—¿Qué puede ser peor?

—Le pregunté por qué necesitaba poner la participación a mi nombre.

Silencio.

—¿Qué respondió?

Lorena tardó varios segundos.

—Que necesitaba sacar dinero de la empresa antes de que tú pudieras reclamarlo.

Paula dejó de respirar.

—¿Reclamarlo por qué?

Lorena contestó:

—Porque piensa pedirte el divorcio en cuanto reciba el dinero.