PARTE 1

Cada mañana, antes de ir al trabajo, Paula acompañaba a su hija Abril hasta la esquina de la avenida principal.

Desde allí, la niña caminaba las últimas tres cuadras hacia la escuela junto con otros alumnos del vecindario.

Abril tenía diez años, una mochila morada demasiado grande para su espalda y la costumbre de despedirse tres veces.

—Adiós, mamá.

Daba unos pasos, se volvía y levantaba la mano.

—¡Adiós!

Llegaba hasta el puesto de jugos y volteaba una vez más.

—¡Ahora sí, adiós!

Paula siempre esperaba hasta verla reunirse con sus compañeros. Solo entonces regresaba a casa para prepararse e ir a trabajar.

Una mañana, la niña volvió corriendo.

—Mamá, la señora de la ventana volvió a tomarme una foto.

—¿Qué señora?

Abril señaló una casa antigua ubicada al otro lado de la calle.

La fachada estaba desgastada y tenía dos ventanas pintadas de azul. Detrás de una de ellas se alcanzaba a distinguir la silueta de una mujer anciana sosteniendo una cámara.

Cuando notó que ambas la observaban, bajó lentamente el aparato.

—¿Ya lo había hecho antes? —preguntó Paula.

—Desde hace varios días. También les toma fotos a los demás niños.

Aquello le pareció extraño, pero en ese momento no quiso asustar a su hija.

—Tal vez fotografía la calle. Tú vete con tus amigos y no te separes de ellos.

Durante el resto del día, sin embargo, no consiguió quitarse la imagen de la cabeza.

Esa noche preguntó en el grupo de mensajes de la colonia si alguien conocía a la mujer de las ventanas azules.

Las respuestas llegaron de inmediato.

“Se llama Matilde. Vive sola desde hace muchos años.”

“Yo también la he visto fotografiando a los niños.”

“Mi hijo dice que anota cosas en un cuaderno.”

“Deberíamos averiguar qué hace con esas imágenes.”

En menos de una hora surgieron toda clase de versiones.

Un vecino aseguró que la anciana vendía las fotografías por internet. Otra mujer afirmó que vigilaba las casas para informar a los ladrones cuándo se encontraban vacías. Alguien más dijo que seguramente había perdido la razón.

Ninguno tenía pruebas, pero el miedo hizo que cada explicación pareciera posible.

A la mañana siguiente, Paula decidió hablar con ella.

Llamó varias veces a la puerta hasta escuchar el sonido lento de unos pasos.

La mujer que abrió era delgada, de cabello completamente blanco y mirada cansada. Llevaba un suéter gris a pesar del calor y sostenía un pequeño cuaderno contra el pecho.

—¿Usted es doña Matilde?

—Sí.

—Mi hija dice que la ha estado fotografiando.

La anciana desvió la mirada hacia la esquina, donde varios niños caminaban rumbo a la escuela.

—¿Cuál de ellos es su hija?

—La de la mochila morada. Se llama Abril.

Matilde observó su reloj.

—¿Siempre sale a esta hora?

La pregunta hizo que Paula sintiera un escalofrío.

—Eso no le importa. Quiero saber para qué tiene fotografías de ella.

—¿A qué hora termina sus clases?

—Tampoco le importa.

La mujer anotó algo en el cuaderno.

—Procure que no vuelva sola.

Antes de que Paula pudiera responder, cerró la puerta.

Aquella breve conversación fue suficiente para encender la alarma entre los padres.

Esa misma tarde, cinco vecinos se reunieron frente a la casa.

Golpearon la puerta hasta que la anciana apareció.

—Queremos que borre todas las fotografías de nuestros hijos —exigió uno de los padres.

—No puedo hacerlo.

—¿Por qué no?

—Porque todavía no tengo lo que necesito.

La respuesta aumentó las sospechas.

—¿Qué es exactamente lo que necesita de nuestros hijos?

—No necesito nada de ellos.

—Entonces enséñenos las fotografías.

La mujer apretó los labios.

—Todavía no.

Uno de los hombres sacó su teléfono y comenzó a grabarla.

—Si vuelve a apuntarles con esa cámara, la vamos a denunciar.

Matilde lo miró sin alterarse.

—Hagan lo que consideren necesario.

Después cerró la puerta.

El video circuló por todo el vecindario. Algunos padres comenzaron a cruzar la calle para que sus hijos no pasaran frente a la vivienda. Otros les prohibieron acercarse a la anciana.

Durante los siguientes días, sin embargo, ella continuó sentándose junto a la ventana.

Fotografiaba la calle por las mañanas y volvía a hacerlo durante la salida escolar. Permanecía allí incluso cuando llovía, protegida detrás del cristal empañado.

Los vecinos creyeron que la amenaza no había servido de nada.

Abril fue la única que notó algo diferente.

—Mamá, creo que la señora no nos toma fotos a nosotros.

—¿Entonces a quién?

—A los carros que están detrás.

Paula miró hacia la acera. Había varios automóviles estacionados, además de una camioneta blanca con vidrios oscuros.

—Quizá solo lo parece. No quiero que vuelvas a acercarte a esa casa.

La niña obedeció, aunque siguió prestando atención.

La camioneta apareció nuevamente dos días después. Esta vez estaba junto a una farmacia, con el motor encendido.

Volvió a verla frente a la escuela y, una tarde, estacionada cerca del pequeño parque donde los niños jugaban.

Siempre cambiaba de lugar, pero llegaba a las mismas horas.

Dentro permanecía un hombre con gorra. Fingía mirar el teléfono y nunca bajaba del vehículo.

Desde su ventana, Matilde registraba cada aparición.

Anotaba la hora, la ubicación y los números visibles de la placa. Después extendía las fotografías sobre la mesa y las comparaba.

La matrícula no siempre era la misma.

La camioneta, sí.

Tenía un golpe en la puerta trasera, una calcomanía parcialmente arrancada y una pequeña mancha de óxido junto a una de las luces.

Convencida de que algo no estaba bien, la mujer llevó varias imágenes a la comandancia.

El oficial que la recibió las miró durante menos de un minuto.

—No podemos investigar a una persona por estacionarse en la calle.

—Está siguiendo los horarios de los niños.

—¿Lo ha visto hablar con alguno?

—No.

—¿Ha intentado subir a alguien al vehículo?

—Todavía no.

El policía le devolvió el sobre.

—Entonces no tenemos un delito.

—Cuando lo tengan, quizá ya sea demasiado tarde.

El hombre le recomendó descansar y dejar de fotografiar desconocidos.

Matilde regresó a su casa con el sobre apretado contra el pecho.

A partir de ese día, comenzó a observar la calle desde antes del amanecer.

Una semana después, Paula recibió una llamada de la escuela.

—Señora, queremos saber si Abril se encuentra con usted.

—No. Se supone que sigue en clases.

—Los alumnos salieron hace casi cuarenta minutos.

La mujer sintió que el aire abandonaba la habitación.

Marcó el teléfono de su hija. Escuchó el tono una vez, dos veces, seis veces.

Nadie respondió.

Salió corriendo.

Preguntó en la papelería, en el puesto de jugos y en cada negocio del trayecto. Algunos comerciantes recordaban haber visto a la niña salir acompañada por otros alumnos, pero ninguno sabía qué había ocurrido después.

Su mochila apareció junto a una tienda, a poco más de una cuadra de la escuela.

Estaba en el suelo, con los cuadernos dentro.

El teléfono ya no estaba.

En cuestión de minutos, las calles se llenaron de vecinos, patrullas y familiares gritando su nombre.

Revisaron cámaras de seguridad, pero una apuntaba hacia el interior de un negocio y otra llevaba semanas descompuesta. Una tercera mostraba a la niña caminando por la banqueta antes de desaparecer detrás de un camión de reparto.

No había ninguna imagen clara de lo ocurrido.

Entonces Paula recordó la casa de las ventanas azules.

Corrió hasta ella y golpeó con todas sus fuerzas.

—¡Doña Matilde! ¡Abra la puerta!

Nadie respondió.

Uno de los vecinos notó que la puerta estaba entreabierta.

Entraron acompañados por un policía.

La sala se encontraba vacía, pero al fondo había una habitación iluminada.

Cuando Paula cruzó la puerta, tuvo que apoyarse en la pared.

Decenas de fotografías cubrían el cuarto.

Había imágenes de las calles, mapas del vecindario, horarios de entrada y salida, matrículas escritas a mano y líneas trazadas con marcadores de distintos colores.

En el centro aparecía repetida la misma camioneta blanca.

Una fotografía la mostraba detrás de un grupo de estudiantes.

Otra, estacionada cerca del parque.

En una tercera, el conductor observaba a Abril mientras ella compraba una bebida.

Las imágenes no seguían a los niños.

Seguían al vehículo que se acercaba cada día un poco más.

El policía arrancó una de las hojas de la pared.

—Estas placas son diferentes.

—Porque las cambia —dijo una voz desde la entrada.

Matilde acababa de llegar. Llevaba la cámara colgada al cuello y tenía la respiración agitada.

El agente examinó una ampliación.

—Esta matrícula fue alterada. Uno de los números está cubierto con cinta.

Paula se abalanzó sobre la anciana y la tomó por los hombros.

—¿Dónde está mi hija? ¿Qué sabe de ese vehículo?

La mujer no respondió de inmediato.

Se acercó a un mueble, abrió un cajón y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía una niña de uniforme escolar, cabello corto y una sonrisa tímida.

La colocó junto a la imagen de Abril.

—Se llamaba Rebeca —dijo—. Era mi hija.

El policía observó ambas fotografías.

—¿Qué tiene que ver con la camioneta?

Matilde señaló el reflejo de un hombre en el espejo lateral del vehículo.

—Hace treinta y cinco años vi a alguien observando a Rebeca de la misma manera. Se lo dije a todos, pero nadie me creyó.

Después miró directamente a Paula.

—Si quieren encontrar a su hija, tenemos que movernos ahora.