Parte 1
Laura llevaba meses rogándole al banco que no rematara la casa donde crecían sus hijos.

Cuando descubrió que don Ramiro, el vecino que nunca había soportado a su familia, había comprado la deuda, comprendió que lo había perdido todo.

A la mañana siguiente, el anciano apareció en su puerta con una carpeta bajo el brazo.

—Vengo por lo que ahora me pertenece —dijo.

Todo había comenzado diez días antes.

Laura encontró el sobre pegado debajo de la puerta cuando regresó de trabajar. Reconoció de inmediato el logotipo del banco y sintió el mismo vacío en el estómago que experimentaba cada vez que llegaba una carta con su nombre completo.

Esperó a que sus hijos se encerraran en su habitación y abrió el sobre en la cocina.

“Último aviso antes de iniciar el procedimiento de recuperación del inmueble”.

Leyó aquella frase tres veces, aunque la había entendido desde la primera.

Tenía diez días para pagar las mensualidades atrasadas, los intereses y los gastos de cobranza. La cantidad era mucho mayor que todo lo que había conseguido ahorrar desde la muerte de Daniel.

Laura levantó la mirada.

En una pared de la cocina todavía estaba la marca que su esposo había hecho con un lápiz para medir la estatura de Mateo. Más abajo aparecía la de Sofía, acompañada por una fecha y una pequeña estrella.

Daniel siempre decía que jamás pintarían sobre aquellas líneas.

—Cuando sean grandes, esto nos recordará lo pequeños que alguna vez fueron —decía.

Hacía casi dos años que él había muerto, después de una enfermedad que consumió primero los ahorros, luego las tarjetas y finalmente la tranquilidad de la familia.

Durante sus últimos días, Daniel le había pedido una sola cosa:

—No dejes que los niños pierdan su casa.

Laura había hecho todo lo posible por cumplirlo. Trabajaba durante el día en una farmacia y por las noches preparaba postres para vender entre sus compañeras. Había aprendido a reparar fugas, cambiar contactos y estirar el dinero hasta límites que antes le habrían parecido imposibles.

Pero aquella carta le confirmaba que su esfuerzo ya no era suficiente.

Al día siguiente pidió un préstamo. Se lo negaron.

Vendió la televisión de la recámara, una pulsera que Daniel le había regalado y algunas herramientas que todavía guardaba en el patio.

Pidió ayuda a dos familiares. Uno no respondió; el otro apenas pudo prestarle una pequeña cantidad.

Cuando faltaban cuatro días, todavía no había reunido ni la mitad.

Don Ramiro observaba todo desde la casa de enfrente.

Era un hombre de 67 años, delgado, de cabello completamente canoso y con la costumbre de barrer su banqueta antes de que amaneciera. Vivía solo desde hacía varios años y parecía llevar un registro exacto de todo lo que ocurría en la calle.

Nunca se había llevado bien con la familia de Laura.

Si Mateo pateaba el balón contra la barda, Ramiro salía a reclamar. Si Sofía festejaba su cumpleaños, se quejaba de la música. Si Daniel reparaba algo en el patio, el vecino aparecía para preguntar cuánto tiempo duraría el ruido.

—Ese hombre no necesita reloj —bromeaba Daniel—. Se guía por nuestras molestias.

Pero después de su muerte, aquellas quejas dejaron de parecerle graciosas a Laura.

Una tarde, mientras un desconocido se llevaba la televisión que acababa de vender, Ramiro se acercó.

—¿Está vendiendo sus cosas?

—Solamente lo que ya no utilizamos.

—¿Tiene problemas con la casa?

Laura sintió que la pregunta llevaba una satisfacción escondida.

—Son asuntos míos, don Ramiro.

Él bajó la mirada, asintió y regresó lentamente a su vivienda.

Dos días después, Laura acudió al banco dispuesta a pedir una última prórroga.

La empleada revisó la información en la computadora y frunció el ceño.

—Aquí aparece un movimiento reciente.

—¿Qué movimiento?

—El crédito fue cedido a un tercero.

Laura no entendió.

La mujer le explicó que alguien había negociado la adquisición de la deuda antes de que se realizara el remate. A partir de ese momento, esa persona tendría derechos sobre el crédito y podría continuar con la recuperación de la propiedad.

—¿Quién la compró?

—No estoy autorizada para proporcionarle esa información.

Laura insistió hasta que un descuido de la empleada le permitió observar un apellido en la pantalla.

Salcedo.

Era el apellido de don Ramiro.

Regresó a su casa temblando de rabia.

De pronto, todas las preguntas del vecino tuvieron sentido. No estaba preocupado por ella. Había estado investigando cuánto faltaba para que el banco le quitara la propiedad.

Probablemente llevaba meses esperando aquella oportunidad.

Laura cruzó la calle y golpeó su puerta, pero nadie abrió. Tocó nuevamente y le gritó que sabía lo que había hecho.

Las cortinas permanecieron cerradas.

—¡No se va a quedar con la casa de mis hijos! —gritó antes de marcharse.

Esa noche casi no durmió.

Imaginó a Mateo y a Sofía empacando su ropa, las marcas de la cocina cubiertas por pintura y a don Ramiro caminando por las habitaciones como nuevo propietario.

A la mañana siguiente reunió a los niños.

—Es posible que tengamos que mudarnos por un tiempo.

—¿A dónde? —preguntó Mateo.

—Todavía no lo sé.

—Pero papá dijo que ésta siempre sería nuestra casa.

Laura intentó responder, pero no pudo. Sofía la abrazó y los tres permanecieron en silencio.

Poco después de las ocho de la mañana, alguien llamó a la puerta.

Era don Ramiro.

Se había puesto una camisa oscura, llevaba el cabello cuidadosamente peinado y sostenía una carpeta gruesa debajo del brazo.

—Necesito hablar con usted —dijo.

—Yo no tengo nada que hablar con usted.

—Es sobre la casa.

Laura estuvo a punto de cerrarle, pero observó que detrás de ella estaban sus hijos. No quería que la vieran esconderse.

—Pase.

Ramiro entró por primera vez en aquella casa. Miró las fotografías familiares, el sillón vacío donde Daniel acostumbraba dormir la siesta y las marcas de estatura dibujadas en la pared.

Laura señaló la mesa de la cocina.

—Dígame cuánto tiempo tenemos para salir.

El anciano dejó la carpeta frente a ella.

—Vengo por lo que ahora me pertenece.

Laura apretó los puños.

—Esta casa no le pertenece. Mi esposo trabajó durante años para pagarla.

Ramiro sacó el primer documento y se lo acercó, pero ella se negó a mirarlo.

—Tiene diez minutos para salir de mi casa —dijo Laura.

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—Laura, no compré su casa. Compré otra cosa.

Entonces abrió la carpeta y señaló una firma al final de una hoja amarillenta.

Laura reconoció de inmediato la letra.

Era la firma de Daniel.