PARTE 1

El hombre apareció por primera vez un martes a las cuatro de la tarde.

Entró a la cafetería donde yo trabajaba, pidió un café americano sin azúcar, pagó en efectivo y eligió siempre la misma mesa.

La que estaba junto a la ventana.

No usaba celular.

No llevaba computadora.

Ni siquiera abría un periódico.

Solo miraba hacia la calle.

Exactamente durante una hora.

Después se levantaba, dejaba una propina exageradamente buena y desaparecía.

Al martes siguiente volvió.

Y al siguiente también.

Así durante casi ocho meses.

Todos en la cafetería comenzaron a conocerlo.

Le decían “el señor de los martes”.

Nunca daba problemas.

Nunca hablaba con nadie.

Solo observaba la avenida como si estuviera esperando que ocurriera algo.

O que alguien apareciera.

Una tarde me armé de valor.

—¿Está esperando a alguien?

Sonrió con tristeza.

—Sí.

—¿Y viene?

Se quedó viendo la calle.

—Todavía no.

No entendí su respuesta.

Pensé que hablaba de una persona impuntual.

Pero pasaron más semanas.

Y nunca llegó nadie.

Lo extraño comenzó cuando un martes no apareció.

Después faltó otro.

Y otro más.

La cafetería se sentía rara sin él.

Hasta que una mañana llegó una mujer.

Tendría unos cincuenta años.

Traía una fotografía en la mano.

—Disculpe…

—¿Sí?

—¿Aquí venía este señor?

Miré la fotografía.

Era él.

—Sí.

La mujer respiró profundamente.

—¿Podría decirme exactamente dónde se sentaba?

Sentí un escalofrío.

Le señalé la mesa junto a la ventana.

Ella caminó lentamente hasta allí.

Pasó la mano sobre la silla.

Y comenzó a llorar.

Nadie dijo una palabra.

Después sacó un sobre de su bolso.

Lo dejó encima de la mesa.

Y antes de irse me dijo algo que me dejó completamente confundido.

—Si algún martes viene un joven preguntando por él…

…entréguele esto.

Miré el sobre.

Solo tenía escrito:

“Para mi hijo.”

Pero lo más extraño era que, según la mujer…

…aquel hombre nunca tuvo hijos.