PARTE 1 La casa de enfrente llevaba vacía casi ocho años. Por eso, cuando vi a alguien parado detrás de una de sus ventanas, pensé que estaba imaginando cosas. Eran las 2:36 de la madrugada. Yo estaba en la cocina tomando agua porque no podía dormir. Me llamo Andrés, tengo 39 años y vivo en la misma calle desde que era niño. Conozco prácticamente todas las casas. Sé quién tiene perros. Quién sale temprano a trabajar. Quién pone música los domingos. Y también sé perfectamente que en la casa número 17 no vive nadie. Su último dueño, don Ernesto, murió cuando yo todavía estaba en la universidad. Sus hijos nunca quisieron venderla. Desde entonces permanecía cerrada. Las ventanas llenas de polvo. El jardín convertido en monte. La pintura desprendiéndose de las paredes. Una casa muerta. Hasta aquella madrugada. Mientras bebía agua, miré por casualidad hacia la ventana de la planta alta. Y vi una silueta. No pude distinguirle la cara. Solo parecía una persona parada detrás del vidrio. Completamente quieta. Mirando hacia mi casa. Me quedé observándola unos segundos. Entonces encendí la luz del patio. La silueta desapareció. No se movió hacia un lado. No se agachó. Simplemente dejó de estar ahí. Me acerqué a la ventana. Nada. Pensé que quizá había sido una sombra. Un reflejo. Alguna rama. Volví a dormir. A la mañana siguiente ya casi lo había olvidado. Hasta que salí para ir al trabajo. La puerta principal de la casa número 17 estaba entreabierta. Me detuve. Eso sí era raro. Me acerqué hasta la banqueta. —¿Hola? Nadie respondió. No quise entrar. Le tomé una fotografía a la puerta y se la envié a mi vecino Rogelio. Él llevaba viviendo en la calle incluso más tiempo que yo. “¿Sabes si ya vendieron la casa de Ernesto?” Respondió casi inmediatamente. “No.” Luego escribió: “¿Por?” Le mandé la fotografía. Tardó varios minutos en contestar. “Esa puerta estaba cerrada ayer.” Sentí una pequeña incomodidad. Nada serio todavía. Pensé que quizá alguno de los hijos había regresado. Esa tarde, cuando volví del trabajo, la puerta estaba cerrada nuevamente. Pasaron dos días. No ocurrió nada. Hasta el jueves. Llegué aproximadamente a las nueve de la noche. Estacioné el coche. Cuando estaba por entrar a mi casa, escuché algo detrás de mí. Un golpe seco. Venía de la número 17. Volteé. Una de las ventanas de abajo estaba abierta. Sobre el marco había algo. Parecía una hoja de papel. La curiosidad pudo más. Crucé la calle. Era una fotografía. Vieja. Los colores estaban casi borrados. En ella aparecían cinco niños frente a una alberca inflable. Reconocí inmediatamente la calle. Era nuestra calle. Y después me reconocí a mí. Yo era uno de los niños. Tendría unos siete años. A mi lado estaba Rogelio, mucho más joven, cargando una charola con vasos. Pero había algo que no recordaba. Detrás de nosotros aparecía otro niño. Estaba separado del grupo. Tendría unos diez años. Muy delgado. Playera blanca. Cabello oscuro. Mirando directamente hacia la cámara. Volteé la fotografía. Había algo escrito con pluma azul. “Verano de 1994.” Debajo había cinco nombres. Andrés. Daniel. Mariana. Luis. Y Tomás. Tomás estaba encerrado en un círculo. Yo conocía a los otros tres niños. Habíamos crecido juntos. Pero jamás había conocido a ningún Tomás. Le llevé la fotografía a Rogelio. Cuando la vio, cambió completamente la expresión. —¿De dónde sacaste esto? —Estaba en la ventana de la casa de Ernesto. Rogelio volvió a mirar la foto. —Tírala. Me reí. —¿Por qué? No respondió. —Rogelio… ¿quién es Tomás? Guardó silencio. Luego me dijo algo que hizo que dejara de parecerme divertido. —Pregúntale a tu mamá. Mi madre vivía a veinte minutos. La llamé esa misma noche. Le envié la fotografía por WhatsApp. Esperé. Aparecieron las dos palomitas azules. Pasaron casi tres minutos. Entonces llamó. —¿Dónde encontraste eso? Era exactamente la misma pregunta que había hecho Rogelio. —Mamá, ¿quién es Tomás? Silencio. —¿Entraste a esa casa? —No. —Andrés, escúchame bien. No entres. —¿Quién es Tomás? Mi madre respiró profundamente. —Mañana hablamos. —No. Dime ahorita. Volvió a quedarse callada. Finalmente respondió: —Era hijo de Ernesto. Me quedé confundido. —Yo pensé que Ernesto tenía dos hijas. —Tenía dos hijas… Hizo una pausa. —Y un hijo. —¿Qué le pasó? Mi madre tardó tanto en responder que pensé que había colgado. —Desapareció. Sentí frío. —¿Cuándo? —Ese verano. Miré nuevamente la fecha escrita detrás de la fotografía. —¿Nunca lo encontraron? —No. Entonces mi madre dijo algo todavía más extraño. —Andrés… tú estabas ahí el día que desapareció. Me quedé inmóvil. —¿Dónde? —En esa casa. No recordaba absolutamente nada. Mi madre comenzó a llorar. —Después de aquello tuviste pesadillas durante meses. Tu padre y yo decidimos que era mejor no volver a hablar del tema. —¿Qué pasó? —No lo sé. —¿Cómo que no sabes? —Los niños estaban jugando. Luego Tomás desapareció. La policía interrogó a todos. —¿También a mí? —Sí. Sentí un vacío en el estómago. —¿Qué dije? Mi madre dejó de llorar. —Dijiste algo que nadie entendió. —¿Qué? —Que Tomás había encontrado una puerta. No pude dormir esa noche. Al día siguiente fui a trabajar tratando de convencerme de que todo tenía una explicación. Pero al regresar encontré un sobre debajo de la puerta de mi casa. No tenía nombre. Dentro había otra fotografía. Esta vez aparecía la casa número 17. La fotografía había sido tomada desde mi habitación. Desde mi propia ventana. Sentí que se me cerraba la garganta. Le di vuelta. Había una frase escrita con la misma tinta azul. “Tú también la viste.” Llamé a la policía. Revisaron la casa abandonada. No encontraron a nadie. La puerta trasera tenía una cerradura oxidada. Las ventanas estaban cubiertas de polvo. Según los agentes, nadie parecía haber entrado recientemente. Les enseñé las fotografías. Me dijeron que probablemente alguien estaba tratando de asustarme. Esa noche instalé una cámara apuntando directamente hacia la casa. La conecté al teléfono. A las 3:17 de la madrugada recibí una alerta de movimiento. Abrí la aplicación. La imagen mostraba la calle vacía. Durante unos segundos no ocurrió nada. Entonces se encendió una luz. En el segundo piso de la número 17. Me incorporé en la cama. Amplié la imagen. Había alguien detrás de la ventana. Esta vez pude verlo mejor. Parecía un hombre. No se movía. Estaba mirando hacia mi casa. Tomé una captura de pantalla. Y entonces ocurrió algo extraño. La cámara perdió señal. Solo durante once segundos. Cuando regresó la imagen, la ventana estaba vacía. Pero a la mañana siguiente descubrí algo todavía peor. Revisé la grabación cuadro por cuadro. Justo antes de que la cámara perdiera conexión, durante menos de un segundo, el hombre había levantado algo frente al vidrio. Era una fotografía. Amplié la imagen hasta que quedó completamente pixelada. Aun así pude distinguirla. Era una fotografía de cinco niños frente a una alberca. La misma que yo tenía. Excepto por un detalle. En aquella fotografía… yo ya no aparecía. Navegación de entradas La casa que mi madre me prohibió abrir 1 2